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Nosotros, y ellos (el maldito cuento de la izquierda y la derecha)


SÉ DE CIERTA tribu aborigen africana que, entre tantas desopilantes maneras de arraigar y de perpetuar la propia identidad, tiene por costumbre encerrar las cabezas de los recién nacidos con compresas de piedra o madera que, al transcurso de las semanas y de los meses, terminan por originar un cráneo presumiblemente cuadrado. Mi explicación es vaga e imprecisa, tanto como la misma impresión que me ocasiona la observación de esas cabezas sinceramente horripilantes. Todo sensato hijo de lo que aún podemos llamar cultura occidental pensará más o menos como yo; realmente es una barbaridad (en la estricta significación de la palabra) someter a los recién nacidos (o bien, “bebés”) a dicho tortuoso ritual. Pero ésa es la manera que tiene esta gente de fundar una diferencia con el resto, entre las tantas que existen y que sería largo y desagradable de explicar en esta parte.
     Si nosotros observamos como una barbaridad lo aquí descripto, es porque en gran medida pensamos que ofrecemos a nuestros recién nacidos un mayor margen de posibilidades en cuanto a formarse independientemente. Eso pensamos. En la realidad, también nosotros aplicamos métodos inexorables de presumible formación moral e incluso física, aunque por cierto que con métodos quizás menos descabellados. Nadie elige, por ejemplo, la religión a la cual pertenecer (o al menos nadie lo hace hasta entrada la adultez), ni tampoco nadie elige el cuerpo que nuestra alimentación y los actuales (y cambiantes) cánones de belleza nos obligan más a desear que a tener. Que una mujer gorda esté fastidiada por serlo, significa que bien dentro de su cabeza tiene prefigurado un ideal de belleza que la sociedad le inculcó aún antes de dar sus primeros pasos. Nadie elige ser lo que se es; somos el resarcimiento convulsivo de un caprichoso ideal de ser humano.

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