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Jóvenes idealistas y Mitos setentistas


"Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo.
Puedes engañar a algunos todo el tiempo.
Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo".
Abraham Lincoln


HAY BATALLAS QUE se libran de modo pasivo. Es decir, sin concretas acciones de guerra, suele permanecer incólume el espíritu de lucha de las personas disimulado tras un silencio de espera, de expectativa filosa, de preparación subrepticia. ¿Cuál es la explicación? Bien simple: no hay mal que dure cien años. Es que hay veces que pelear es en vano; no sirve, no rinde. Es mejor callar… aguantar un poco más… y esperar a que el curso mismo de la naturaleza vuelva tranquilamente a ubicar las cosas en su justo lugar.

     Victoria Villaruel y Agustín Laje Arrigoni son el resultado mejor logrado de una sociedad que supo educadamente guardar discreción. El enemigo impostor, por su parte, ha contado con todos los medios, absolutamente todos; se ha valido de todos los medios (por si fuera poco), absolutamente todos. Por esto mismo, es que el enemigo impostor ha carecido de lo que mejor salvaguarda el espíritu de una causa: la decencia. Por mucho tiempo Argentina ha estado sujeta al capricho pueril de los indecentes.

     Cuando todo parecía escrito (léase “reescrito”) de forma imperturbable, Victoria Villaruel se propuso calladamente observar la historia desde una perspectiva limpia de ideologías y por lo tanto exenta de intereses particulares, los cuales nos llevan casi siempre más a mentir que a decir la verdad. Cuando ya prácticamente todo el mundo hablaba de “héroes”, “víctimas” e “idealistas”, Victoria Villaruel tomó la posta y habló de terroristas. Asumo que siempre la observé imbuido de una mezcla de sana envidia y admiración; sobran los hombres que vayan a celar la valentía de esta cauta mujer.

     Apenas recibida de abogada se propuso proyectar lo que años más tarde se conocería con el nombre de Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV), una institución abocada a traer a recuento la infinita cantidad de víctimas que legó una época espantosa de nuestro país, y que muy perniciosamente es observada de soslayo tanto por el actual gobierno nacional como por innumerables actores de la política y del periodismo argentinos. El CELTYV se ha propuesto exigir el reconocimiento público de las víctimas del terrorismo como así mismo la inmediata indemnización que corresponde para estos casos; será preciso aclarar que ningún gobierno constitucional jamás tuvo gesto alguno con los damnificados aquí mencionados.
     Por si fuera poco, Victoria Villaruel es la autora del libro “Los llaman… ‘jóvenes idealistas’”, cuya descripción en tapa ilustra el objeto que persigue: “Durante años el discurso oficial escondió bajo llave parte de la historia argentina”. El libro no viene a fundar controversia con ninguna de las actuales voces en boga, signadas estas mismas en la obstinada tarea de recordar el saldo en muertes atribuible a la última Dictadura Militar, sino que aporta – con documentación fehaciente – otra contabilidad lamentable de igual naturaleza, aunque en esta ocasión perniciosamente silenciada tanto por el gobierno como por entidades políticas y mediáticas. “Los llaman… ‘jóvenes idealistas’” parte del hecho de enunciar a los mentados “idealistas” del setentismo como a salvajes criminales que mediante el terror tiñeron de sangre nuestra historia y que por lo mismo motivaron el Golpe de Estado del 76. Según la incansable autora, el silencio oficial a este respecto se debe a que muchos de los que participaron activamente como terroristas hoy se encuentran ocupando un escaño en el Congreso Nacional. Triste y lamentable, ¿no? ¡Al fin alguien que se anima a decirlo!

     No pierde en audacia la labor exhaustiva del joven escritor cordobés Agustín Laje Arrigoni, quien con tan sólo veintidós años de edad ha escrito un libro que hace estremecer la cimiente misma de tanta historia engañosa e ideologizada: “Los mitos setentistas – Mentiras fundamentales sobre la década de los 70”. Como el título lo señala, el libro pretende una mordaz desmitificación de la forma en que son actualmente recordados (también, por el gobierno y sus cómplices) los hechos que habrían tenido lugar en la susodicha época, y puntualiza con nombre y apellido a los responsables del terrorismo en Argentina. Pero es en la persona misma de Agustín Laje donde se concentra la verdadera autoridad de sus afirmaciones, ya que no sólo ha escrito innumerable cantidad de columnas al respecto en distintos medios del país y es consultado periódicamente por periodistas de todas partes, sino además cursó estudios intensivos sobre terrorismo, contraterrorismo, narcotráfico y crimen organizado en el Center for Hemispheric Defense Studies de la National Defense University, sito en la capital estadounidense de Washington DC. Debiera esto último ser un dato relevante para los que hoy en día se toman su tiempo para relativizar el alcance de su trabajo como así mismo para difamar y amenazar a esta promesa genuinamente argentina.

     De Agustín Laje Arrigoni no podría acertar a decir qué es lo que más me sorprende: si la prodigiosidad inexpugnable con que escribe, si el hecho de que lo arbitre un razonamiento tan adulto como admirable, si la no menos asombrosa coraza intelectual que lo ha mantenido a salvaguarda de tanta moda liviana y de tanta ideología fétida que suelen ensañarse con los jóvenes de este país. La lectura de los escritos de Agustín arroja un haz de luz muchas veces insospechable hasta para los mismos correligionarios al respecto, como es mi caso en particular, y así que muchas cosas se expliquen por sí solas en tanto nos dispongamos a revisar lo sucedido antes y durante del Gobierno de Facto del General Videla. No pretende el escritor negar los hechos que son voz campante de los actuales defensores encubiertos del terrorismo, ni mucho menos esgrime una justificación para la toma de un gobierno por la fuerza, pero relata lo sucedido en Argentina con tal afán de verdad y con tal rigor didáctico – mediante documentación inefable y hasta científica – que todo el que lo lee honestamente no puede menos que replantearse muchas cosas en su cabeza.

     Ya sea los esfuerzos de Victoria como los de Agustín Laje vislumbran por aquello que tanto escasea en los atropellos diarios de los actuales políticos e historietistas de turno: la decencia de sus intenciones. Parece ser que ambos investigadores tienen bien en claro que plantear una refutación lisa y llana al respecto del actual modo de recordar la historia no engendra más que división y desentendimiento innecesarios. No tienen por objeto que los argentinos nos peleemos entre nosotros, más bien al contrario: en ambos trabajos solamente hallaremos la sincera invitación a enriquecer nuestra visión de los hechos y a formar un juicio pleno en ecuanimidad. Los dos enfilan sus esfuerzos por una memoria completa y exenta de ideologías inoportunas, al mismo tiempo que exigen la consideración de los Derechos Humanos de forma imparcial e inmediata de todas las víctimas de aquel tramo feroz de nuestra historia reciente. ¿Podríamos decir lo mismo del actual gobierno y de sus intrépidos derechoshumanistas, en tanto que vociferan con ardor por los derechos de unos en detrimento de los de otros?

     Se trata, pues, como decíamos al principio, de una batalla que se dio de modo pasivo, sin mediar contiendas de sangre y evitando en todo momento la flema del escándalo; las armas mejores con que contamos millones de argentinos fue la prudencia, la paciencia y la comprensión, además del maravilloso sentido práctico que nos dictaba a nuestros oídos que “no hay mal que dure cien años”, y en consecuencia, no existe mentira capaz de soportar la erosión del tiempo. Victoria Villaruel y Agustín Laje Arrigoni consignan el resultado mejor logrado de una sociedad que calladamente supo soportar la ignominia y el chantaje, la burla y la calumnia; resumen la voz de millones de argentinos pacientes y enamorados de un porvenir saludable para todos los que habiten este suelo maravilloso.

     Por supuesto que el trabajo no está acabado y hasta podríamos decir que todavía se encuentra en su etapa inicial, pero el velo de la mentira ya fue drásticamente removido y es ahora en donde nos será dado elegir entre la valentía de sumar nuestra voz al destino que asoma o la cobardía de seguir llenando nuestros oídos con las ya oxidadas infamias de siempre. No faltará, por supuesto, el que nos injurie y el que nos amenace, el que nos anatemice tan infantilmente y el que nos insista con argumentos más aprendidos por repetición que por propia investigación. A los que, sin embargo, por fidelidad a sus principios, pretendan una relativización de nuestras afirmaciones, les sugiero tengan la educación de no incurrir en tergiversaciones y descontextualizaciones, actitudes que inevitablemente los ubicarán del lado impostor.

     Hace de toda la vida que sobrevuela mi cabeza el mote de fascista o de golpista por observar simplemente con suspicacia el relato oficial de lo sucedido en los setenta, y sé que no es el mío el único caso; por eso mismo vale la siguiente consideración: no somos golpistas por negarnos a creer en sucias mentiras; somos argentinos que simplemente hacemos frente a ese golpe infeccioso que significa la mentira. Si algo de golpistas tuviéramos en vez de bregar pacífica y educadamente por una memoria completa, estaríamos haciendo aquello que hicieron los “jóvenes idealistas” que nuestros mismos detractores recuerdan con cariño.

     Muchas gracias.


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