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¿Qué es la libertad de expresión?

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"Los hombres se degüellan; las ideas, no". Sarmiento.
"No hay peor esclavo que aquél que se tiene por libre sin serlo". Goethe.
"Hay personas que no pueden ver un ave sin pensar en una jaula". Proverbio chino.

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CREER QUE LA libertad de expresión existe es, sin el menor margen de duda, tan ridículo y contradictorio como creer que no existe. ¿Cómo se explica? Fácil: cada vez que hacemos cualquiera de estos dos planteos sencillamente ubicamos en el plano “de lo posible” toda nuestra fuerza conceptual (lo que desde ya implica una contradicción, ya que un concepto es tal porque lo es y no porque posiblemente lo sea. Cuando buscamos un concepto en el diccionario, éste nos dice “lo que es”, y no lo que “posiblemente sea”).
     Lo que falla, pues, se resume en una cuestión de confianza, la cual naturalmente se origina a causa de nuestro arraigado acostumbramiento a ponernos siempre desde una óptica victimista. Pareciera ser que la libertad de expresión tendría que existir pero luego de romper algún yugo drástico que nos quiere tapar la boca deliberadamente. Y esto es una payasada.
     Pero claro… éste es el caso: todo el mundo habla de si en tal lado existe o no la libertad de opinión, de si tal o cual persona o gobierno viola la susodicha y de si tal o cual periodista es o no “independiente”. Pero nadie va más al centro conceptual de la cosa, nadie se pregunta – concretamente – “¿qué es la libertad de expresión?”.

¿En qué pensamos cuando pensamos en "libertad de expresión"?

     Lo que primero nos viene a la cabeza es la “posibilidad” de hablar y de pensar lo que uno quiera. Tierna patraña, en fin; juguete para tibios, deleite de un público cálidamente pánfilo. De hecho, se viven tiempos en donde se dice y se hace lo se que quiere en todos lados, ya a un ritmo y en una magnitud desproporcionados, irrespetuosos. La mentira y la tergiversación se enrolan sigilosamente tras ese pretexto inverosímil del mentado libre-pensar. Hoy por hoy la mentada libertad de expresión no consiste en otra cosa que en mostrarme que 1 de cada 1000 personas piensan como yo, por lo tanto, que soy una minoría casi extinta cuya lánguida voz se pierde entre el barullo de la masa. En fin, acudir a dicha consigna en pos de ser escuchado es, sin dudas, un torpe suicidio antes que un absurdo.
     Es un hecho, entonces, que cada vez que pugnamos por la libertad de expresión es precisamente porque estamos tan inseguros de la misma que necesitamos asumir una postura “reivindicadora” al respecto. No seamos ingenuos: muchas veces queremos alzar nuestra no por otra razón que para callar la voz del prójimo. Entonces, quedémonos tranquilos: mientras no haya un imperio global de cierto nivel visible de tolerancia y mientras, por tanto, sigamos poseyendo una visión simplificadora de los hechos y de las ideas (blanco-negro; bueno-malo), la libertad de expresión seguirá formulándose lo mismo que un mito feliz y doloroso, ya que para que tal exista tiene primero que existir un opresor, un fatídico censor de nuestras opiniones.
     Es hora de que aprendamos a medir la libertad de expresión por la vocación de libertad de los hombres y los pueblos antes que por el rigor de los supuestos opresores. Definir a la libertad de expresión como "poder hablar sin que nadie te censure" (la concepción más generalizada) es, en cierto modo, decir que la libertad, para ser, le tiene que pedir permiso a la censura o esperar que ésta se distraiga. Los tiempos cambian, las formas cambian, los conceptos evolucionan... Equivale a un gran estancamiento pensar en tiempos de libertad como se pensó en tiempos de tiranía; es hora que nuestra idea de la libertad aprenda el lenguaje de la democracia.
     Les propongo que hagan lo siguiente: Vayan a la pestaña de imágenes de Google; escriban "libertad" en el buscador; presionen ENTER. La gran mayoría de imágenes que provea el buscador rinden cuenta de una idea de libertad eminentemente sujetas a una idea de opresión, censura, cadenas, protesta, rebelión, presos políticos. O el sentido de libertad de este mundo se haya terriblemente viciado o, bien, la libertad misma adolece de "ilibertad", y por la sencilla razón de que no puede definirse por sí misma sin acudir a sus antípodas conceptuales. En efecto, se impone el establecimiento de nuevos paradigmas de libertad; acaso más sinceros, eficaces y, sobre todo, independientes.

¿Qué otras cosas hacen a la NO libertad de expresión?

     Obvio, desde ya, claro está, inefablemente, sin ningún margen de duda… la NO libertad de expresión se da por causa y esmero de la enorme falta de educación de nuestros días. Pero no esa educación académica de la que supuestamente para algunos nos lucimos en todo el orbe; me refiero a la educación casera, familiar, intrínseca. Siempre me ha sorprendido una cosa de muchos padres: el afanoso empeño porque sus hijos estudien porque, según dicen, la educación es lo que vale. Pero… ¿se pusieron a pensar alguna vez sobre qué clase de elementos están enviando a las universidades? Lo importante para un padre tradicionalista es que su hijo sea doctor, adinerado, prestigioso, galán de cine y macho cabrío por donde se lo mire; yo dejaría de lado esa entelequia dudosamente viable y propondría otra cosa: mejor preocupémonos porque nuestros hijos sean buenas personas, gente sencilla, acaso prestas a recuperar el valor de la palabra como sello distintivo de cada uno. ¿De qué libertad de expresión podemos hablar cuando, justamente, el valor de la palabra ha sido suplantado por todo un maquillaje virtual que nos hace adictos a parecer y ostentar antes que a ser lo que sencillamente somos? Ésta es la clase de educación que hoy nos conmina a ver fantasmas antes que realidades, y porque precisamente nosotros nos revestimos de lo primero.
     Otro gran fiasco de nuestra libertad viene a causa de la primera: las nuevas generaciones leen poco, poco y nada. Esto quiere decir que, si ellos no leen es, pues, porque en sus casas tampoco leen. Porque los jóvenes de hoy no tienen, cual arquetipo inexpugnable, la imagen mental del padre o de la madre leyendo. Porque, además, en muchos casos, ni siquiera hubo ni hay en los hogares una biblioteca amplia y diversa, y que ocupe un lugar central y preponderante de sus vidas (una cosa es que esté en living, otra que lo esté, por ejemplo, en el altillo). Como ya dijo alguna vez Edmundo de Amicis, escritor y novelista italiano: “El destino de muchos hombres depende de haber tenido o no, una biblioteca en su casa paterna”.
     La costumbre por la lectura produce un impacto a largo plazo en la persona: el enriquecimiento interior de la misma, ya sea en un sentido técnico (crítico) como en otro no menos importante: un sentido espiritual. Los libros no sólo aportan nociones sino además modelan nuestras almas; la lectura es la mejor herramienta para ejercitar nuestra vocación de libertad, si es que la tenemos. Comparo la escasez de lectura en nuestros jóvenes con mi muy pobre conocimiento del inglés (gran deuda pendiente); por más amplio horizonte que se nos plantee frente, por más cosas que queramos decir, siempre daremos sólo con las mismas palabras. Por más respuesta que se me exija, sólo obtendrán de mí un mismo argumento aprendido por repetición. No tengo herramientas para expresarme. La falta de lectura, pues, nos dispone ante la vida sin mayores respuestas que sobrevivir con lo básico, con las nociones más elementales y los preconceptos antropológicos de siempre. ¿De qué libertad de expresión podemos hablar si tan sólo nos limitamos a repetir lo que otros ya han repetido? ¿De qué libertad hablamos si no contamos con la propia facultad para ilustrar la vida, nuestras vidas?
     La enseñanza misma del periodismo, por caso, deja mucho que desear en materia de libertad de expresión; mejor dicho, apunta a aniquilar todo indicio de autonomía en el alumno, promoviendo siempre una visión distorsionada de los hechos (donde todos somos víctimas de algún monstruo salvaje que nos persigue para chuparnos toda la sangre). Hablo como alumno de un colegio público, aunque dadas las circunstancias suelo catalogarlo como “público-kirchnerista”. Desde las primeras clases fomentan la desilusión consistente en repetir que “los medios de información son ‘empresas’ y que vamos a tener que trabajar acorde al ideario de las mismas, sin posibilidad alguna de opinar libremente”. Qué fácil es, pues, engatusar a los idiotas útiles del mañana. Es mucho más fácil amedrentar a los jóvenes que educarlos como a hombres y mujeres de palabra capaces de mantener sus convicciones íntimas en el terreno en el que sea; es mucho más fácil mostrarles la cara más fea de la vida que instruirlos con nociones técnicas que verdaderamente posibiliten un desenvolvimiento independiente, autonómico, progresivo; es mucho más fácil mentalizarlos en que van a ser seres pequeños y vulnerables que personas hechas y derechas dispuestas a sortear cualquier adversidad. En fin, es mucho más fácil hacer política que hacer docencia.

Entonces, ¿qué es la libertad de expresión?

     La libertad de expresión ES la capacidad de crear y exponer criterios exclusiva de aquellas personas dignas de ser respetadas por lo que piensan y lo que dicen. La libertad de expresión más que un derecho es una responsabilidad, ya que todo cuanto se dice debe estar estrictamente respaldado tanto por un argumento exhaustivo como por una conducta coherente de quien subscriba. Se trata, además, de una predisposición anímica y mental, ya que la propia vocación de libertad es mucho más poderosa y trascendente que cualquier forma de arbitrariedad que quiera imponerse, considerando que por más que se pueda callar al ser humano jamás habrá modo alguno de arbitrar lo que es capaz de pensar un hombre que se tiene por libre. Creer que por callar a una persona se atenta contra la libertad de opinión es justamente atentar de modo pasivo contra la misma; es desmerecer la fuerza del pensamiento.
     La libertad de expresión se sostiene sobre tres pilares inalienables: educación, cultura y respeto. En primer término, la educación es la herramienta que garantiza que la persona está capacitada para verter una opinión bien fundamentada, bien intencionada y, especialmente, cimentada en un criterio propio; se trata, pues, de tener libertad para razonar más que para hablar. Seguidamente, la cultura de una persona aporta autoridad a lo que uno dice o piensa, lo que le da rigor “de moral” a nuestras posturas ante la vida. No se trata de que seamos “moralistas”, pero al menos es indispensable no ser tan controvertidos a la hora de opinar. Repito, pues, lo que ya me he cansado de enunciar en más de uno de mis artículos: tenemos que ser ejemplo de aquello que proponemos y no de aquello que denunciamos. Tenemos que ser la propia solución de nuestros problemas antes que el vergonzante reflejo de nuestras indolencias.
     En última instancia, la parte más significativa de toda esta historia: el respeto. Y, como alguna vez me dijo mi querido Jack Benoliel, debemos tener el alto una cosa: el principio de la ética, es decir, “saber apreciar en el otro los mismos derechos que nosotros ansiamos”. Nada lastima más terriblemente a la libertad de expresión como la falta de respeto entre las personas.
     Una vez mi papá me recordó una verdad muy grande y muy antigua: “si vas a Roma, compórtate como en Roma”. Muchas personas entienden que por libertad de expresión están autorizadas a hacer por izquierda lo que todo su entorno eventual hace por derecha, o viceversa. Es más, ven en ese preciso momento la oportunidad invalorable para sus almas de “revelarse”, y así mostrarles al mundo cuán valientes son. Y, para mí, esto es una soberbia payasada (a fuerza de experiencia hablo, por supuesto).
     Es preciso entender una cosa: si decimos que la educación es un pilar de la libertad de expresión, naturalmente entenderemos que la “discreción” es inherente a dicha afirmación. La libertad de expresión es también la libertad o la facultad para callarse cuando hay que callarse. La falta de confianza en las propias convicciones generalmente origina que saltemos como leche hervida cada vez que nos parece que nuestro entorno hace las cosas mal; si, por el contrario, nuestras convicciones son genuinas permanecerán incólumes por más que el mundo esté vuelto al revés. Si, efectivamente, el entorno que nos rodea está mal, obviamente algún día estará tan mal que será necesario asumir el imperio de nuevos paradigmas, entre los que hallaremos el espacio oportuno para blandir nuestras ideas, más nutridas cada día. Por esto último, es fundamental no incurrir en la indiscreción o directamente la falta de respeto, para estar investidos del prestigio y la credibilidad necesarios para aportar lo que sabemos el día que haga falta. En fin, es cuestión de ser personas amables, queribles, sobre todo por aquellos que piensan distinto a nosotros.
     Es que, gran verdad, nadie nos respeta más que aquella persona que nos quiere a pesar de nuestras diferencias. Entonces, ¿para qué declararle la guerra a la gente que nos quiere de verdad? Si, por el contrario, no nos quieren ni respetan en nuestro entorno, tendremos primeramente qué evaluar si hicimos algo para que esto sea así y, más allá del resultado, asumir una cosa muy fundamental: bajo ningún punto de vista responder a los agravios con otro agravio más. ¿Por qué hablar en el mismo idioma de la gente que habla mal?
     La libertad de expresión es, también, la capacidad para comprender al otro, consensuar, persuadir, perdonar y volver a perdonar. En ningún caso es un grito de guerra. Es la facultad para ofrecerle a quienes nos rodean lo mejor de nosotros, y lo mejor de cada uno de nosotros no es justamente una mochila llena de reproches.

Conclusión

     Podría concluirse con que la “idea” de libertad de expresión, prensa o pensamiento está, pues, mal asumida, pero el problema es que no hay una “idea” concreta al respecto. Sólo nos abocamos a la “no idea” de la libertad cuando algo o alguien nos impide acceder a ella. Por ejemplo, una persona encerrada irá a valorar su idea de la libertad en un sentido pleno, y porque justamente está privado de ella. A su encierro, entonces, le debe su afición de libertad.
     Las personas de bien y los buenos periodistas deben asumir la responsabilidad de abarcar la libertad de expresión en completa independencia de los supuestos censores. Si remitimos la fuerza y el poder del pensamiento (que modela nada menos que nuestras vidas) al alcance que eventualmente tengan nuestras palabras, no sólo que es lógico que damos mayor importancia a lo segundo que a lo primero, sino que el contenido intrínseco de nuestras acciones a la larga se devalúa de modo visible. Es, precisamente, lo que está sucediendo hoy en día: de este modo se explica tanto comportamiento descabellado, tanta furia incomprensible, tanto absurdo contagioso. Es lógico, pues: ningún pensamiento razonable habita en el fondo de una conducta irrazonable.
     La libertad de expresión es, en fin, lo que nosotros podemos hacer que sea o lo que nosotros podemos llegar a ser. Que sea lo que sea, pero tiene que ser nuestro el origen conceptual de la misma; nosotros mismos debemos constituir su esencia más tangible y sincera. Nuestra cabeza debe estar libre de opresores y censuras; nuestra concepción de la libertad debe prescindir de toda ligadura antropológica que nos mortifique y nos ensalce interiormente. Dejemos de agradecerle a los míticos dictadores de siempre nuestra “afición” de libres y debámonos a nosotros mismos nuestra propia vocación de libertad. Cuánto más insistamos con una fórmula de libertad que conjugue en sus entrañas funciones antagónicas (opresor vs. libre-pensamiento), más dependencia existirá de una cosa hacia la otra. Y un hombre libre, no depende de nadie, ni de nada.
     Es que hay una verdad tan grande y tan clara que, como todas las verdades así, absurdamente pasa desapercibida ante nuestras narices: si en algo han tenido éxito los totalitarismos, las dictaduras y los déspotas es en haber logrado implantarse tan dentro de nuestras cabezas que hoy parece imposible concebir una forma de libertad que prescinda de antípodas conceptuales. ¿Cuán sincera puede ser una idea de libertad que se fundamente en función – y gracias a – otra idea pero de "ilibertad"? A los que alguna vez han pretendido cercenar la magnitud de nuestro pensamiento, démosles su merecido: ¡quitémoslos de nuestras mentes!
     No vamos a cambiar el mundo, y ni siquiera conseguiremos torcer un hilito el destino del mismo, pero al menos vamos a conseguir oxigenar el caldero de nuestras ideas, cuyas flemas de creatividad han sido reemplazadas por el fulgor cansado de preconceptos e idealismos caducos. No vamos a cambiar el mundo, insisto (ésa es otra consigna romántica sin vigencia ya), pero sí vamos a cambiar la forma de verlo, de asumirlo, incluso de digerirlo.
     Solía de niño oír una anécdota de mi abuelo. Una noche, rendido ante la estampa imponente que la luna insinuaba en el cielo, dejó escapar su pensamiento en una sola frase:
     -¡Qué majestuosidad!
     Otro que estaba con él, giró para dar con la causa de tamaña admiración, pero volvió decepcionado.
     -¿Eh…? Sí, la luna. ¿Qué tiene?-, completó.
     El ejemplo es válido para entender, justamente, la esencia de la verdadera libertad de expresión, aquella que surge de lo más remoto del alma sin ningún resabio de opresión. No se trata de ser dueños de alguna verdad inexorable; amigos, SE TRATA DE SER DUEÑOS DE LO NUESTRO. De lo que hacemos nuestro en base a nuestra imaginación, trabajo, estudio, sensibilidad. De lo que conseguimos realizar gracias a nuestra fuerza y creatividad. La libertad es nuestra decisión. Sólo nuestra. Por tanto, somos libres si no necesitamos que alguien nos diga si somos libres o no.

Desaparecidos, aparecidos... y otras verdades

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TODA VOZ QUE se alza – ya se ha dicho – origina de inmediato una idea contraria. Claro… eso es lo bueno, mientras haya al menos una idea. Con motivo de mi clara postura al respecto del “feriado” del 24 de Marzo, me ha caído – a la par de simpáticas adhesiones (el artículo que remite a lo mismo está entre los más visitados) – una catarata de reproches y denostaciones. ¡Bienvenidos sean ellos también!
     Increíblemente, ninguno de los sendos cuestionamientos que me llegaron han tendido a demostrarme mi equívoco sino más bien al contrario: han procurado, sin querer, DARME LA RAZÓN. El hecho es que se agarran de lo que uno escribió pero nadie plantea una idea seria que al menos “asuste” mis "drásticas" afirmaciones. En rigor: lo que yo digo queda subrayado.
     Al respecto de la cifra “de la discordia”, simplemente puntualizaré en que si bien todos mis detractores se han encolumnado para repudiar mi postura al respecto (no hubo 30 mil desaparecidos, y se trata de un mito para exculpar a los terroristas de los 70 mediante la demonización sistemática de las FF.AA.) absolutamente ninguno (nin-gu-no) tuvo aunque sea la doble deferencia por un lado de suministrarme material que documente el número del que yo reniego ni, lo que es substancialmente peor, nadie me ha escrito una sola palabra en consideración a las 18 mil víctimas del terrorismo en Argentina, tema del que, como puede verse, me he ocupado hasta el cansancio (el blog subscribe una entrevista nada menos que a Arturo Cirilo Larrabure, hijo del Coronel Larrabure, quien fuera secuestrado y asesinado por el ERP en pleno gobierno democrático).
     Todo el mundo ladra porque alguien reduzca de 30 mil a 8 o 7 mil las víctimas que legó el Proceso en Argentina, mas nadie se acuerda (quizás ni enterados estén) que el terrorismo subversivo de los 70 dejó un saldo escalofriante de 18 mil víctimas, entre muertos y damnificados, que muy abyectamente no son reconocidos ni resarcidos por el propio Gobierno Nacional. Yo no me voy a portar como mis detractores, yo les ofrezco aquí mismo la fuente a la que remito: el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV) que preside la infatigable Dra. Victoria Villaruel, autora del libro “Los llaman… ‘jóvenes idealistas’” y sobre el que ya he publicado un artículo al respecto.
 
¿30 mil desaparecidos? ¿Dónde?

     Debo hacer la siguiente aclaración: queridos señores detractores, DAVID REY no es el que “dice” que “no hubo 30 mil desaparecidos”; DAVID REY es el que simplemente refiere que, según sendas investigaciones, absolutamente ninguna data que tal cifra sea válida, siendo la misma sólo un número de magnitud política (la usan los políticos) y no un dato científico, documentado, veras, confiable. De todos los informes el más voluptuoso es el de la misma CONADEP, que data de 8961 víctimas que haya legado el Proceso Militar (aunque sólo 4905 corresponden a personas con nombre y apellido y DNI). Por si esto fuera poco, el anti-militar-ultra-humanista-súper-izquierdista-y-requeterecontra-filo-subversivito gobierno de los Kirchner elaboró una corrección de dicho informe y llegó a la cifra de 7089 víctimas de la última Dictadura, ¡menos todavía que la anterior! Según me dijo Agustín Laje Arrigoni, investigador y autor del libro “Los mitos setentistas”, dicho descenso numérico se debe a que el kirchnerismo ha desestimado los casos en que la supuesta víctima no reunía apellido o número de documento; sin embargo, para que la cifra no descienda a los 5 mil, han subscripto en calidad de desaparecidos a aquellos muertos subversivos que la misma guerrilla asesinó, como es el caso de Fernando Haymal, por citar uno solamente.
     Pero esto no es todo, amigos. Por si esto fuera poco, y es vergüenza nacional (sólo un imbécil no habría de avergonzarse, con perdón de los imbéciles que sí se avergonzarían), son incontables los casos de “desaparecidos aparecidos” que siguen figurando como “desaparecidos”, como por ejemplo es el caso de Ana Testa, militante montonera, que mientras que engrosaba las estimaciones de la CONADEP concedía entrevistas a la prensa y, más bochornoso aún, ¡protagonizaba una película! (“Montoneros, otra historia”, de Andrés Di Tella). La lista es interminable, y sólo remito los casos que más me han impactado, como ser, también, el ejemplo del Juez de Garantía Nº 4 de Morón, Alfredo Humberto Meade, que también figura como “desaparecido”, y que al ser consultado por la prensa sobre lo mismo, abochornado en grado máximo, no sólo que reconoció el fraude sino que irrumpió con una memorable ridiculez: “Figuro como ‘desaparecido’ para honrar la memoria de los caídos”. ¡Andá a bañarte, Meade!
     Yo simplemente quisiera que mis eventuales detractores entiendan que yo no estoy comprometido con absolutamente nada (ni sueldo tengo por hacer las veces de periodista, y difícilmente algún medio exista que quiera contar con los servicios de un caballo sin rodeo como yo). Mi único compromiso es, primeramente, con mi sentido práctico, con mi condición de hombre, con mi patria amada y, por último, con mi trabajo que, como digo, es ad honorem. De esta última instancia, ya en calidad de periodista, mi desempeño resume en una cosa bien simple: REMITIRME A LAS FUENTES. Si éstas me dicen que no hubo 30 mil desaparecidos, ¿por qué me voy a chantajear a mí mismo y creer y hacer creer que los haya habido? Dejemos que la gente remita al sentido común, al mito, a la creencia, a la política; el periodista está para hacer valer su sentido práctico, el cual primeramente se sostiene de nociones prácticas, objetivas y documentadas y recién luego formula su juicio de valor al respecto. Primeros los tantos, después la suma, la resta, la multiplicación o la división; pero primero los tantos. Realmente entiendo como deleznable (y mi sentido práctico me lleva a pensar que debiera ser punible) aquel periodista que escupe el número de 30 mil desaparecidos sin una fuente que respalde SEMEJANTE AFIRMACIÓN.  El periodista debe ser un profesional de la información, y no un sacerdote del mito.

Al respecto de FF.AA.

     Por último, al respecto de mi favor en torno a las FF.AA., en tanto que afirmo que su labor ha sido “heroica” en la lucha contra el terrorismo, también lo mismo se deduce por sentido práctico. Por supuesto que yo no estoy refiriéndome a los casos de abusos e incumplimiento del deber que, según brama todo el mundo, tuvo lugar en la fuerza; más bien lo condeno como a crimen de guerra sólo remediable con pena capital (ya que el Ejército mismo es el que debe dar el ejemplo de corrección y profesionalismo en batalla, por lo mismo es que también considero que los juicios son competencia exclusiva de una Corte Militar), mas no dejaré de mencionar (sólo por no traicionar mi memoria) la famosa frase del Oficial Montonero Rodolfo Galimberti: “La tortura es una anécdota. Cualquiera es capaz de torturar en una situación extrema. Si ellos hubieran peleado con el Código bajo el brazo, perdían la guerra”.
     Ya lo dije. Ahora lo repito. En países como México, Colombia, España y Rusia (los más renombrados) la población civil ha debido obligadamente acostumbrarse a vivir con el karma del terrorismo. No se trata de algo reducido a una época sino de algo de siempre. En Argentina el diario “La Opinión” titulaba (antes de Marzo de 1976): “Un muerto cada cinco horas; una bomba cada tres”. La situación era honestamente insostenible; el débil gobierno de Isabel inspiraba a la subversión en su lucha por la toma del poder, y absolutamente todos los sectores sociales y políticos (incluso, por caso, el mismo Partido Comunista) pedían ardientemente por la intromisión de las FF.AA. en el Congreso. En sólo tres años de guerra (declarada por las fuerzas subversivas, y negada hoy día por los mismos que la declararon) el Gobierno de Facto del General Jorge Rafael Videla persiguió, diezmó y aniquiló a las distintas facciones terroristas que asolaron inhumanamente a nuestra Nación en pos de implantar una dictadura comunista. Mientras que la población de otros países convive desde siempre con el terrorismo, nosotros estamos (aunque cada vez menos) eximidos de dicho flagelo. Hoy no explotan bombas ni mueren inocentes a causa del terrorismo (más allá de los ataques a las entidades judías en los 90 y que no involucraría a Montoneros ni ERP, más allá de que algunas investigaciones hablan de lazos al respecto).
     Una pregunta, entonces, a mis detractores: ¿qué es lo que quieren? ¿Una dictadura comunista? ¿Un desgobierno incapaz de reprimir a los terroristas y demás enemigos de la Patria? ¿Una realidad donde muera una persona cada 5 horas y explote una bomba cada tres? ¡Por supuesto que no! Nadie lo quiere. Y yo, como argentino, no sólo que no lo quiero, sino que además LO AGRADEZCO.

CONCLUSIÓN Y CONCESIONES

     He sido concesivo desde un principio, y seguro que nadie lo notó. He llamado por “víctimas” lo que tranquilamente podría haber consignado como “desaparecidos”, “caídos”, “muertos”, “guerrilleros”, “terroristas”. He dicho que el Proceso legó (lamentablemente) 8961 “víctimas”. Si bien sé que dentro de la cifra la mayoría no se encuadra dentro de “víctima”, poniendo en riesgo mi veracidad, elijo esta palabra que (lamentablemente) será simpática a la parte crítica con mis posturas. He sido concesivo, también, al condenar los abusos de la Dictadura, porque (lamentablemente) a esta altura y en esta circunstancias hace falta hacerlo (no sea cosa que piensen que uno aplaude la muerte de un inocente). He sido concesivo, sobre todo, al entender que absolutamente nadie quiere una dictadura comunista en este país, cuando en verdad muchos la añoran calladamente. ¿Qué más quieren, que me pase al islamismo y estampe un avión contra el Obelisco?
     Pero sobre todas las cosas soy concesivo al entender que todos están de acuerdo en que NUNCA MÁS vuelva a ocurrir lo que muy desgraciadamente ocurrió en mi país durante la época referida.
     Y pido concesiones para mí también: quiero que mis detractores me concedan el derecho a expresarme sin que por ello mi trabajo me reditúe en denostaciones y recriminaciones, no por otra cosa que porque pierden el tiempo que podrían dedicarlo a cosas más útiles como investigar la veracidad y validez de mis afirmaciones y juicios de valor respectivamente. Quizás, con críticas constructivas, corrijan mis posibles excesos y congeniemos en una versión común, objetiva y satisfactoria.
     Otra concesión: sean respetuosos. No me escriban reprochándome nada sin tener el gesto para con las víctimas del terrorismo en Argentina. Es más… en este artículo sólo aceptaré consignar comentarios (respetuosos, por supuesto) siempre y cuando las primeras líneas del mensaje sean substancialmente similar a lo siguiente: "Hola, David… Ante todo, me lamento sentidamente por las 18 mil víctimas del terrorismo en Argentina y por supuesto que exijo del Estado el inmediato reconocimiento y resarcimiento para con las mismas. Te escribo para decirte que…".
     Yo no soy el diablo que algunos creen, y quiero pensar que mis detractores no son sólo los irrespetuosos que navegan por un sitio abocado casi exclusivamente a denunciar el terrorismo que asoló nuestro país, sin tener el gesto para con buena parte de mis lectores, a su vez víctimas del terror subversivo.
     Y mi último pedido: investiguen, estudien, sospechen, curioseen. No crean sólo en la tapa de los diarios o en los títulos más grandes de la televisión. Hay muchas cosas que no se cuentan, y que se callan. Van a descubrir una cosa muy notable: los que se pelean, después se amigan. Todo el mundo se amiga. Incluso, es bueno pelearse… porque en el hecho de amigarse existe un gesto de valentía y mutuo reconocimiento de reciprocidad. Van a descubrir, pues, que existe mucha gente que, en cambio, no se amiga. Y no se amigan porque precisamente son los que viven del distanciamiento entre los argentinos; son los que alientan el resentimiento y lucran obscenamente gracias al mismo. Ellos nunca se van a amigar, porque en el fondo nunca estuvieron peleados: simplemente fueron socios, socios a costa de nuestra desunión y falta de información. ¡Quitémosle las máscaras!

¡Y VIVA LA PATRIA!


Notas relacionadas:

¡Cuidado! Terroristas sueltos

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Los ex-terroristas Mario Firmenich y Horacio Verbitsky, junto con cinco criminales más, acaban de ser absueltos por la floja justicia argentina, en consideración de que sus crímenes han "prescripto". En todo el mundo civilizado los crímenes de los terroristas son "imprescriptibles" (por considerarse de lesa humanidad), excepto en Argentina. Aquí, por el contrario, se homenajea a los terroristas e incluso estos mismos nos gobiernan y nos dicen cómo debemos pensar sobre lo ocurrido en los 70.

Ambos imputados tuvieron activa participación en "el estallido de un artefacto explosivo instalado en el casino del edificio de la entonces Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal Argentina, ubicado en la calle Moreno 1431 de Buenos Aires, el día 2 de julio de 1976, que dejara como consecuencia la destrucción parcial del referido recinto y un saldo de varios muertos".

Pusieron una bomba, mataron gente inocente, la justicia argentina los absuelve, son tenidos como "intelectuales" (Verbitsky  es el ideólogo de los 30 mil desaparecidos), dan cátedra de DD.HH. y encima tenemos que soportar que ellos nos digan cómo debemos recordar lo sucedido en la sangrienta época de los 70.

¿Es homenajear a las víctimas de la dictadura el hecho de exculpar a los terroristas, o es usarlas para demonizar a las FF.AA. en pos de minimizar la sanguinaria participación de los primeros? En efecto, con Firmenich y Verbitsky libres, la respuesta fluye por sí sola.

Si alguna persona no siente asco de que esto sea así... es porque no tiene alma.

Este artículo se aprecia mejor en "Las 'víctimas' del 24 de Marzo".

Un día como hoy

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Total y completa solidaridad con las 18 mil víctimas directas del terrorismo subversivo en Argentina durante la época de los 70 (la cifra está documentada fehacientemente por el CELTYV).
 
Época infausta de extrema violencia que obligó a las FF.AA. a hacerse cargo del Gobierno el 24 de Marzo de 1976, tal cual lo exigían -ardientemente- todos los actores políticos y sociales del país.
 
Mientras que países como México, Colombia, España, Rusia han debido 'acostumbrarse' a vivir con el karma del terror, las FF.AA. ARGENTINAS en sólo tres años de lucha heroica persiguieron, diezmaron y asimismo aniquilaron todo vestigio de terrorismo en el país.
 
¡VIVA LA PATRIA!
 

Papelón izquierdista pagado (como siempre) con dinero ajeno

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De por sí que ya es lamentable que con nuestros impuestos la izquierda filo-terrorista de Argentina solvente sus gastos de markenting y publicidad. 13.282.001.363 de pesos son destinados para "tuertas" cuestiones de DD.HH. (sustraigo el número de una carta de lectores de La Nación que consigna la Presidente del CELTYV, Victoria Villarruel, sin que ella lo defina con estos ánimos).

¡Pero no es menos lamentable que ni ellos sepan qué hacer con la plata y, por colmo, incurran en horrorosos papelones de... impresión!

En Tucumán la gente no deja de comentar al respecto. Las redes sociales, por ejemplo, arden sobre este tema.

Según el periódico digital mendocino "Md-Online", la ciudad de Tucumán amaneció empapelada con infinidad de carteles haciendo alusión a la "memoria" y a los "30 mil desaparecidos". ¡Tanta memoria, y tanta "certeza" sobre la cantidad de víctimas... y resulta que la erraron soberanamente con la cantidad de años que hace que ocurrió el Proceso!

Como podemos ver en la imagen, el cartel habla de 25 años transcurridos, cuando en realidad se trata de 35. 10 años de olvido para tanta memoria selectiva.

Un papelón mayúsculo. Otro más de la izquierda que, como es característico, se solventa con dinero ajeno (el nuestro).

¡A tomarlo con soda...!

Alta revolución

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El mítico revolucionario Ernesto "Che" Guevara contaba con métodos "de avanzada" para llevar a cabo la revolución en Bolivia.
 
Primeramente, a los campesinos bolivianos, como "premio" de que se unan a la revolución, les ofreció la posibilidad de que "sus" tierras pasen a ser del Estado.
 
Visto y considerando que esto mucho no los convencía, redobló la apuesta y les propuso "enseñarles 'gratis' francés".
 
El mismo Guevara consignaría en sus anotaciones revolucionarias que "los bolivianos se burlaban de mí".
 
Un genio incomprendido. Y posiblemente el mismo Guevara lo sabía: lo confirma el hecho de que para poder entenderse con los bolivianos, dictó la orden a sus subordinados de que aprendieran quichua, a fin de que se entendieran mejor con el reluctante campesinado.
 
¡Pobre Guevara...! Ignoró rotundamente que la región en donde pensó la revolución, ¡los pobladores hablaban guaraní!
 
La siguiente información se puede apreciar en "La verdadera historia del Che Guevara".

Chávez dixit

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El Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, dijo que "el capitalismo podría haber causado la destrucción del planeta Marte". Más allá de lo paranoico de semejante afirmación (honestamente, entiendo que lo habrá vertido en modo figurado), debiéramos preguntarnos si su país "socialista" no está más cerca de parecerse a Marte que muchos otros países en el mundo.

ARGENTINA

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Aprovecho este medio para felicitar y agradecer a todos los ARGENTINOS bien nacidos, orgullosos de la Nación heroica y maravillosa que Dios y el General San Martín nos legaron, y que por lo mismo no han cedido al grosero intento de muchos por convertir un presente en base a una proyección distorcionada y tendenciosa de la historia reciente de nuestro país. Los imbéciles repiten; nosotros, contamos. Los imbéciles lloran y se lamentan; nosotros proyectamos. Los imbéciles viven de la mentira; nosotros SOMOS LA VERDAD. 

Agradezco a todas las personas que se han henchido de coraje y valor para investigar y difundir todo cuanto haya consignado el esfuerzo de muchos por acercarse lo máximo posible a la verdad de los exhaustivos hechos históricos.

Con paciencia y amor a la Patria, granito por granito, habremos de reconstruir la esplendorosa NACIÓN ARGENTINA en cuyo corazón valiente y trabajador se debatirá nada menos que el destino de este mundo.

La mentira de los 30 mil desaparecidos

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AGUSTÍN LAJE ARRIGONI otra vez nos concede la posibilidad de conocer en profundidad lo ocurrido durante la época de los 70, esta vez puntualizando sobre un mito en particular: la mentira de los 30 mil desaparecidos. Su libro, "Mitos setentistas", en pocos días estará en la calle, y promete, al igual que esta entrevista, ocasionar un antes y un después en aquél que tenga el valor de animarse a conocer los detalles más reveladores e irrefutables de la historia reciente de nuestro país.
     Mientras que los mercaderes del mito hacen su negocio en nuestro país "festejando" un 24 de Marzo que supuestamente es para lamentarse, nosotros aprovechamos el feriado para henchirnos de valor y estudiar a fondo (en base a nociones pragmáticas y diversas investigaciones) lo que realmente ocurrió en los difíciles días que tocó vivir a nuestra Nación. ¡Hasta en eso nos distinguimos del tibio y del resentido!
     ¡Disfrutarán de la entrevista, seguramente! (Subyaciendo la misma, los invito luego a que lean una editorial mía al respecto del tema).


Escribe: David Rey

Quizás haya un día en que podamos decir que "el setentismo" tiene sus días contados en Argentina. Para ese entonces, dos cosas han de tener que prevalecer, obligadamente, en la ciudadanía en general. Por un lado, deberá vislumbrarse en cada argentino un sentido de VERDAD, de ir hacia ella, de curiosidad por conocerla en toda su magnitud; la valoración exhaustiva del pasado tendrá como único fin la proyección de un futuro exento de repetidas vicisitudes.
     Por otra parte, el día en que "el setentismo" amenace con devenirse en pátina, será preciso que - como sociedad - nos alumbre un sincero ánimo de patriotismo, es decir, de solidaridad mutua entre nosotros mismos. Me remito a una afirmación muy triste y que poco nos ilustra como Nación: a los argentinos no nos importa - ni en lo más mínimo - qué es lo que ocurrió en el pasado ni qué suerte hayan corrido nuestros "recordados" compatriotas.
     Habrá muchos que seguramente me reprocharán la dureza intratable de dichas palabras, mas sólo he de replicar con que si fuéramos patriotas y de verdad nos importaran las víctimas de nuestra historia, al menos tendríamos la deferencia y el mínimo de amor propio de consultar las fuentes en rigor y comprobar la veracidad - siempre relativa - de hechos, cifras e incriminaciones que hoy sólo sirven al político infame y al resentido que haya en un mito la droga que calma sus destemplanzas psicológicas.
     El setentismo es precisamente eso: droga, alucinación, éxtasis, sadismo. Lo usa el vivo para enmancarse dentro de un arquetipo de falso samaritanismo, lo consume el tibio para darse el gusto de tener una lucha interior que sólo puede envidiar en el hombre de bien; en ambos casos queda de manifiesto la simpleza interior como así mismo la desastroza psicología que los ilustra como a torpes y reprimidos. No tienen luz ni coraje para encarar una lucha de verdad; necesitan conformarse con participar de un cuento infantil que escriben seres probadamente criminales y repiten, a la sazón, tiernos periodistas, grices docentes universitarios y macabros políticos de todos los sectores.
     Y la gente, en el medio. Sensible, inevitablemente, a ese murmullo constante en que se resuelve la misma diatriba de siempre, el mismo supuesto genocidio, las mismas mujeriles lamentaciones en que la masculinidad del argentino tipo queda en tela de juicio. No nos queremos, ésa es la verdad; ni nos importa con sinceridad lo que el país haya llegado a sufrir.
     "Mataron gente", la primer acusación; ¿qué se supone que iba a suceder en una guerra? Le siguen, pues, "no existió una guerra" y "murieron inocentes"; sólo un descerebrado coleccionista de muñecas Barbie puede negar lo primero y un infame asegurar lo segundo, en tanto que pocas veces remitirá al saldo de 18 mil víctimas directas del terrorismo en Argentina e inflará a 30 mil el número de desaparecidos durante el Proceso cuando sendas investigaciones no van más allá de los 8 mil. La retórica se completa con la "tenaz persecusión al que pensaba distinto" (eran telépatas los militares) y con "el plan sistemático de exterminio de personas" (de hecho existió, pero puntualmente de terroristas, y proclamado durante el Gobierno Constitucional de Isabel Perón). En el menor descuido, por colmo, aprovechan y constituyen un paradójico "feriado" para recordar el Golpe del 76.
     Y así estamos, en medio de esta marea sucia de mentira y felonía que se llama setentismo. Soportando, resistiendo, aguantando, esperando. Ya se les va a terminar, pensamos, vago consuelo... pero consuelo al fin. Consuelo porque, a diferencia de "ellos", que sólo escarban en el pasado, nosotros vemos en el futuro próximo la posibilidad de que germine de una buena vez la semilla del patriotismo que no lograron aniquilar con tanta mentira e infamia. Consuelo de hallar hermanos, aunque esporádicos y distantes, que piensan y sienten con honestidad y solidaridad. Ya se les va a terminar...  La forma con que "venden la sangre derramada", con que mienten y traicionan, manifiestan a las clara la debilidad que los corrompe en dirección a una sórdida extinción. Ya se les va a terminar... porque usan a la gente, a los muertos, a sus muertos; porque NO AMAN, no sospechan lo maravillosa que es la luz de la verdad; sólo odian irredimiblemente. Ya se les va a terminar.
     Ya se les está terminando...


Notas relacionadas:

La verdadera historia del "Che" Guevara

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Nuevamente tuve el enorme agrado de conversar con el abogado, periodista y escritor marplatense Nicolás Márquez. Esta vez nos referimos a uno de sus títulos más audaces: "El canalla - La verdadera historia del Che".
     A propósito, también adjunto debajo de la entrevista, un breve artículo al respecto, escrito nada más y nada menos que por el mismísimo entrevistado.
     Sólo diré, en lo que a mí respecta, que la entrevista intenta ir de "menor a mayor". (Por otro lado, se ha inovado la gráfica audiovisual, en tanto que también se adjuntan videos ilustrativos). Ojalá que el trabajo sirva para echar un manto de luz que rompa con tanta niebla mitológica.

"La vida del Che se resume en la estética de un fracaso. No tenía una noción de la realidad. A los campesinos bolivianos les propuso enseñarles francés gratis si se unían a la revolución. Luego confesaría que 'los bolivianos se burlaban de mí'. Era hombre de un gran resentimiento; de una tara psicológica importante". Nicolás Márquez.


"La verdadera biografía del Che Guevara: la historia de un fracaso"

Escribe: NICOLÁS MÁRQUEZ

Ernesto Guevara de la Serna, el Che, desde muy joven predicó y practicó el odio como factor de lucha y acarreó siempre una extraña propensión al suicidio. En sus escritos y alocuciones se advierte un notable desprecio por los negros, los indios, los bolivianos, los homosexuales (a quienes confinó en campos de trabajo forzado), los cubanos, sus esposas (se casó dos veces) y hasta por los guerrilleros de su propia tropa, a quienes no vacilaba en fusilar ante la menor desavenencia (los muertos en su haber se cuentan por centenas). Irónicamente, la propaganda actual le adjudica al Che un espíritu pacifista y humanista que nunca tuvo.
     La confusión en cuanto a la naturaleza del personaje es tal, que este suele ser tomado ya no como modelo de lucha sino de hombre: "Seremos como el Che" suelen rezar sus feligreses, no sin agregar la conocida frese "Hasta la victoria siempre", edilgándole a Guevara una impronta triunfalista. Sin embargo, el Che de victorias conoció muy poco. Fracasó como médico siendo que jamás ejerció; naufragó como padre de familia; como presidente del Banco Nacional de Cuba huyó de su cargo dejando un caos financiero; como Ministro de Industria acabó expulsado por el propio Fidel Castro; como ideólogo marxista no fue mas que un repetidor de conceptos básicos y como guerrillero intentó llevar adelante frustrados golpes de Estado en países del África y Latinoamérica en expediciones delirantes que acabaron prematuramente con su vida en la selva boliviana.
     Su verdadero legado (más allá de su comercializable rostro aplicado como logotipo capitalista) no es más que haber contribuido a instalar en Cuba el más prolongado y brutal totalitarismo de la historia latinoamericana y el haber sido un catastrófico ejemplo seguido por las guerrillas de la década del 70. Sus acólitos hoy lo veneran alegando que "murió por un ideal", cuando lo trascendente en Guevara no es que cómo murió, sino como vivió, a lo que vale agregar que no murió "en defensa de la libertad" sino atentando contra ella.
     El Che vive porque está muerto y lo que lo hace destacar en nuestra época es que no pertenece a ella. Su trayectoria estuvo signada por la violencia al servicio de supersticiones ideológicas solo existentes en su ocurrente imaginación y el saldo de su obra es una estética de la frustración. Le verdadera biografía del Che Guevara no es otra que "la historia de un fracaso".



¿Cómo interpretar el paso atrás del gobierno al respecto de Vargas Llosa?

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ESCUCHARLOS, DA VERGÜENZA. Nadie le pide al Director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, que se muestre arrepentido tras haber firmado la misiva en que un grupo de intelectuales afines al kirchnerismo rechazó la presencia del Premio Nobel de Literatura en la próxima Feria del Libro. Pero de ahí a que se ratifique en sus posturas – disparatadamente arbitrarias e injuriosas – hay un trecho. Encima (por si dudáramos de que nos creyera tontos) acude a la estúpida mistificación de siempre: “Mario Vargas Llosa utiliza términos al respecto de nuestro país que en el ‘diccionario mundial de la derecha’ son descalificativos para países como el nuestro”. ¡Quiero ese ‘diccionario’ ya!  Que lo diga nada menos que la cabeza de semejante entidad cultural, es preocupante.
     Pero no todo es viento en contra. El hecho de que la Presidente Cristina Fernández pidiera retirar la carta que objetaba la presencia de Mario Vargas Llosa en la Feria del Libro, es un dato que, como argentinos, debe resultarnos más que halagüeño. Por más que lo quisieran, este gobierno o, bien, muchos de los que lo componen, no pueden aún disfrazar u obturar una evidencia bien eminente: somos un país democrático, en donde todavía sus habitantes tienen una noción sincera de lo que significa lo mismo. Cómo será esto de cierto que la máxima Mandataria debió nuevamente transigir en el ridículo – esta vez no por mérito propio sino de sus incondicionales – a fin de que no sea aún mayor el descrédito político que le significó la reluctancia de su partido al respecto del astro peruano. Si pudieran prohibirle el ingreso al país, no les temblaría el pulso; pero tienen enfrente la opinión de todo un pueblo democrático que no aprobaría semejante ultraje. Fíjense que para toda cosa que hacen mal hay todo un “diccionario mundial” de explicaciones populistas con tal de no dar un paso atrás; no lo dieron ni con el resonante caso de Antonini Wilson, por citar el más vergonzoso. Pero esta vez, en rigor… tuvieron que bajar la cabeza y, al menos en la acción, asumir que se equivocaron.
     ¿Cómo queda parada la Presidente? Obviamente que mal. Es tonto o ingenuo el que vea en su decisión de rechazar la petición de negar el cupo a Vargas Llosa un rasgo democrático o civilizado; más bien podríamos decir que aunque esto fuera cierto se trataría, pues, de un gesto insuficiente o, más preciso, obligado. Es que, justamente, ante esta circunstancia tan elemental del transcurrir democrático, el propio semblante del pueblo argentino fue el que obligó al Gobierno a obrar en consecuencia. No fue una decisión de Cristina; fue una decisión nuestra que ejecutó nuestra Jefa Máxima. ¡Dios… viva la vida! ¡Es el ejemplo más claro de lo que verdaderamente significa una DEMOCRACIA!
     La Presidente, entonces, queda mal parada, pero sabe que podría quedar peor no censurando las histerias de sus recalcitrantes adeptos. Si verdaderamente pensara que somos tontos, no se habría molestado en correr el riesgo político de echarse para atrás. Si, dado el caso, Cristina quisiera convertir en “gesto democrático” aquello que hizo por “rigor democrático” debiera naturalmente abocarse a la tarea de garantizar el normal transcurso de la Feria del Libro, es decir, sin incidentes y sin estúpidas diatribas. Sería, por otro lado, una forma interesante de retrucarle al peruano el mote de “galimatías” que instó para ilustrar nuestro país.
     Pero hay algo más que debiera hacer Cristina para afirmar ese gesto. Considerando que se tomó fotos con Shakira y Madona, debiera hacer lo propio en el grado y las formas pertinentes nada menos que con el último Premio Nobel de Literatura. Por favor, sería una gran vergüenza que Vargas Llosa visite nuestro país y no obtenga la bienvenida oficial tal cual lo merece su continente. Un par de años atrás, con motivo de formar parte en Rosario de un evento que organizara la Fundación Libertad (fui testigo ocular), corrió riesgo la integridad física del escritor a causa de una incivil manifestación de vagos y demás militantes que apedreó el colectivo que lo trasladaba por el centro de la ciudad, y que se mantuvieron en pie de guerra a una cuadra del Hotel “Ros Tower” en que se albergaban Vargas Llosa, Aznar, Marcos Aguinis, etc. El Gobierno debiera instruir todos sus mecanismos para que este precedente no sea más que solamente eso.
     Ya sé que pido mucho. Políticamente, quizás sea imposible que Vargas Llosa sea recibido en la Casa Rosada y aplaudido por todos nuestros representantes. Pero también yo soy tonto e ingenuo. Y bueno… a veces… los argentinos, me despiertan algunas hermosas corazonadas. Al menos lo elemental persiste incólume: somos un país democrático. Ya lo sabemos; lo tenemos bien en claro, y nuestros gobernantes también lo saben. Algunas veces, no nos pueden avasallar, como ocurre en otros países. No comemos vidrio. Está bien que institucionalmente quizás nos falte un poquito para llegar a Chile o Uruguay, pero quedémonos tranquilos: tampoco somos Cuba o Venezuela.


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"Qué es la Democracia"

La cultura del mito

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EL GRAN GOETHE señalaba que “todas las épocas decadentes son subjetivas y por contra todas las épocas de progreso son objetivas”. La reconocida elasticidad del idioma alemán en conjunción con la maravillosa generosidad de nuestro castellano nos permitirá el siguiente atrevimiento: toda época de progreso es, más que objetiva, pragmática. El pragmatismo, entonces, funda su validez en base a nociones y efectos prácticos; por extensión, se llama pragmático a aquello que se explica como resultado de las circunstancias mismas y no por voz y empeño de largas teorizaciones.
     Si me remito, pues, a la ingeniosa sentencia del máximo poeta germano, debo inexorablemente suponer que en mi país se viven épocas de decadencia. A los argentinos nos cuesta enorme trabajo observar las cosas y los hechos sin el pesado ropaje de la subjetividad. En consecuencia, por si fuera poco, se recurre con sorprendente insistencia al vicio de la mistificación; más preciso, al mito. Y así que una parte importante de nuestra historia haya sido, más que contada, mitificada. 
     El ingenuo o el desprevenido pueden creer que los mitos tienen el deber de explicar o bien ilustrar sobre las grandes “lagunas” de nuestra historia. De ahí que se insista con circunstancias signadas por el misterio e incluso la absurdidad. Un hecho bien relevante, por ejemplo, que nuestra historia oficial nunca se pudo explicar sin decaer en el vicio de la mistificación es la entrevista de San Martín con Bolívar en Guayaquil. Miles de teorías orbitaron al respecto de por qué nuestro Libertador cedió el gobierno de su empresa a su par venezolano. En rigor, a los vencedores de Caseros siempre les resultó un poco incómodo asumir que el General José de San Martín, por ellos odiado desde siempre, tuvo que ceder el mando de América a Simón Bolívar porque este último contaba con el apoyo político y económico de su país, exactamente el mismo que Buenos Aires le negó al Libertador de Argentina, Chile y Perú.
     El mito, entonces, carece de la naturaleza eventual, ilustrativa o científica que algunas veces quiere adjudicársele; por el contrario persigue un objetivo fría e inescrupulosamente deliberado: mentir. En rigor, el mito tiene por finalidad deformar la historia en pos de saltear, ocultar o bien tergiversar aquellas instancias que resulten inconvenientes o impolíticas para quienes auspicien la labor del (falso) historiador. El mito es, pues, ideología, o una espuria manera de ideologizar.
     Como respuesta a esta forma infausta de historiar es que tenga relevancia y envidiable validez el enfoque “revisionista” que hayan empleado sendos historiadores, como es el caso nada más y nada menos que de José María Rosa, cuyo exhaustivo empeño ha consistido, como lo explica la palabra, en “revisar” aquellas coquetas interpretaciones de nuestra historia aunque de imposible entendimiento pragmático. El sentido práctico, además de todo un amplio abanico de documentación, respalda, autoriza y catapulta la obra del “Pepe” Rosa, como así mismo la de sus emblemáticos colegas.
 ¿Cómo actúa el mito en sus receptores?

     Mucho se responde al contrastarlo con la forma en que se fundamenta y resuelve el sentido práctico. Mientras que este último tiene por base la suspicacia y la misma curiosidad, el mito respectivamente carece de una cosa y menosprecia de inmediato la otra, es decir, anula desde un principio todo esfuerzo investigativo. El mito está llamado a conformar la infantil imaginación del receptor; a conformarla (como se conforma a un niño con un caramelo) que no a incitarla. Mientras que una postura pragmática transige estrictamente con hechos comprobados y – dado el caso – documentados, el mito se cierne sobre un universo emocional de posibles. A la vez que el pragmatismo se basa sobre lo que fehacientemente ocurrió, la mistificación tiene por argumento “lo que podría haber ocurrido”.
     El pragmatismo aspira a una definición global, abierta y mejorable. El mito no conoce otro objeto que un dictamen arbitrario y monocorde, totalmente inmodificable. Mientras que uno se presta para un análisis serio, rico, esencialmente democrático, el otro – como SIEMPRE sucede – no resiste el más mínimo análisis. Una postura pragmática explica el presente en base a hechos pasados con vistas a un futuro exento de los vicios de siempre; la mistificación explica el pasado en base a los vicios del presente para perpetuarlos en un futuro. Lo primero es como la luz, despeja de nieblas el camino. Lo segundo se resume en brumas densas y pesadas; sólo se aboca a obstruir el razonamiento de las personas, y así el progreso social.
     El mito tiene significativa equivalencia con el cuento que nos contaban cuando niños para que al fin nos durmiéramos; precisamente eso persigue: el adormecimiento de las facultades cognitivas del hombre. ¡Y vaya que lo consigue! El pragmatismo, por el contrario, nos motiva a permanecer despiertos, expectantes, recelosos de que no se nos pase la oportunidad de dar con la clave, de cerciorar nuestra confianza en sí mismo, de seguir escarbando en busca de la explicación más asequible, razonable. El sentido práctico tiene por objeto la solución de los problemas; es insensible a valoraciones emocionales que entorpezcan una conclusión satisfactoria y progresiva. El mito se sustenta gracias al problema en sí, solucionarlo significaría su muerte inmediata; es susceptible al ciento por ciento de caprichos y resentimientos, los cuales le dan su colorido romanticismo. Una persona pragmática sabe perdonar (no hay sentido en el hecho de no hacerlo); su antípoda no podría perdonarse el simple hecho de haber perdonado.
     Si le diéramos de elegir al mitómano la posibilidad de viajar en el tiempo para corregir aquellas cosas que considera fueron brutales, no dudemos que se nos desternillaría de risa en la cara. Sería como ofrecerle un globo de cumpleaños a quien, desde siempre, estuvo yendo y viniendo por el tiempo dentro de un globo aerostático, complicando los hechos más que reparándolos.
     Pero la personalidad del mitómano es algo que dejamos para el artículo que completa la segunda parte de esta editorial. Considero honestamente que debido a la misma, lo más razonable que puedo hacer es cambiarme de identidad, dejarme crecer la barba, hacerme las valijas y largarme rajando a otro país. Leer la segunda parte de esta editoria haciendo clic AQUÍ.


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