Ex Presidente de la República Argentina Néstor Kirchner (1950 - 2010)
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Voluntariado Universitario e hipocresía institucional
La folletería reza que desde 2006 "el Programa de Voluntariado Universitario inició su camino con el propósito de profundizar la vinculación de las Universidades Públicas con las necesidades de la comunidad", y prácticamente todos los estudiantes que se han adscripto al proyecto resaltan que el mismo es un logro de "este" gobierno (el kirchnerismo). Por otro lado, los proyectos particulares de los estudiantes pueden ser financiados hasta con $ 22.000 y deben contar con una duración de 6 meses a un año.
Pero la cuarta presentación del Programa de Voluntariado Universitario, que tuvo lugar el lunes 18 de octubre en el Teatro "Nacional Rosario", muy lejos estuvo de ser una vidriera de proyectos y de debate criterioso para terminar siendo un soez mítin político en que las autoridades, eminentemente genuflexas a Kirchner, hasta se tomaron el atrevimiento de llamarse entre sí, como al mismo público, bajo el nombre de "compañeros" (lo cual, dado el caso, no deja de ser una solicitud partidaria). Oficiaron el Rector de la Universidad Nacional de Rosario, Darío Maiorana, como así mismo el Diputado Nacional por el Frente para la Victoria Agustín Rossi, quien hizo un ligero acto de presencia y dio algunas palabras. Otras leves figuras más completaron el circo de autoridades-siervas del kirchnerismo.
Rossi tuvo la impertinencia de realizar una analogía entre el Voluntariado Universitario con el Servicio Cívico Voluntario, lo cual deja constancia de la mentada costumbre del oficialismo de "explicar" sus "proyectos" denostando puerilmente los proyectos ajenos. En toda la velada, no hubo ninguna autoridad que ofreciera una explicación seria al respecto del Voluntariado Universitario; todo se resumió en una viva alabanza al actual gobierno argentino como así también una ridícula e infantil demonización de todo lo que sea crítico con el primero.
Al final, tuvo lugar una suerte de acalorado debate a partir del comentario de un estudiante cordobés, Juaquín Bazán, que simplemente levantó la mano para decir "que no le parecía correcto el grado de división que auspiciaban las autoridades, ya que todo queda reducido a NOSOTROS O ELLOS" (en increíble consonancia con un artículo que completa este blog). Una de las autoridades acometió con la bajeza de responderle a uno de los que se manifestaron de acuerdo con Juaquín con un argumento totalmente insidioso y extemporáneo: "En épocas de la 125, no sé de qué lado habrás estado vos" (prefiero no ensuciar el blog mencionando el nombre de este abyecto personaje).
No cabe ni la menor duda que el peor terror del kirchnerismo y de los kirchneristas es el más mínimo disenso que pueda generarse. De inmediato apuntan con toda clase de anatemas, insultos y demás formas de descalificación.
A continuación, le pedí explicaciones al Diputado Rossi al respecto de esa disparatada analogía que hiciera entre Voluntariado Universitario y Servicio Cívico Voluntario. Como viera el entrevistado que no era yo adepto a sus ideas, se volvió renuente y huidizo, pero no dejé pasar la ocasión para dispararle una pregunta que hace días me está comiendo por dentro: "¿Con qué altura moral puede la Argentina pedirle a Irán que extradite a los responsables de las voladuras de la Embajada de Israel y de la Amia en tanto que nuestro país ofrece asilo polítco al terrorista chileno Apablaza?".
La respueta de Rossi me impelida a excusarme con los familiares de las víctimas de las entidades judías.
Subyace a la entrevista al Diputado, otra que le hice a una estudiante que, como muchos, vino desde lejos a exponer su proyecto de voluntariado, a recibir ideas, críticas y concensos, pero que se vuelve a sus pagos con las manos vacías y el agrio resabio de haber presenciado una pueril jornada partidaria.
Notas Relacionadas: Nosotros y ellos
Crónica aligerada de un asalto
ANOCHE ME ASALTARON. En realidad, un muchacho de 19 años (Jonathan, de nombre), siendo las 23,30 hs., me detuvo (Riobamba y Mitre) para pedirme la suma de $ 4 con el exclusivo fin de alcanzar una suma que le permita comprar cocaína en "Cochabamba y Pasco" (la dirección es inexacta, pues las calles son paralelas; quizás haya querido decir “entre Cochabamba y Pasco”). Le digo que "no pienso darle dinero para que compre droga"; incluso le ofrezco la posibilidad de comprarle comida (precisamente yo me dirigía a un almacén a comprar mi cena; recién volvía de mi trabajo). El muchacho insiste cargosamente. Lo describo de la siguiente manera: morocho, delgado, sucio, densa cabellera, ostensible aliento a vino; vestía gorra blanca y un conjunto deportivo azul claro, tirando a turquesa; traía consigo una bicicleta playera color violeta.
Insisto con que no pienso darle dinero para que compre cocaína. El muchacho me dice que precisamente en este mismo día acaba de salir de prisión, y que ya lo había estado su padre por asesinar a dos policías (pretende amedrentarme). Me dice que "él no tiene la culpa de ser así" (intenta, pues, arbitrar una ridícula victimización, seguramente la que aprendió de memoria en la TV). De mi parte, le indico que de "seguir drogándose sólo va a conseguir volver al lugar del que termina de salir", además de que pondero la manera en que "está arruinándose la vida". Le pido que me diga dónde piensa comprar la cocaína: "Pasco y Cochabamba", me dice. A todo esto, es lógico que conseguí familiarizarme ciertamente con el joven, lo que provoca un efecto indeseado: el mismo se vuelve más cargoso en su singular pedido.
Es inútil de mi parte todo acto "concientizador". Viendo que el muchacho hace ademán de halar un arma en su cintura me apresuro a sacar una navaja de mi bolsillo (cortaplumas, en realidad). El joven nuevamente vuelve a la carga con todo el mismo andamiaje de victimización de antes. Por mi cabeza dan vueltas dos cosas: salir “rajando” o intentar algo con la navaja; lo primero, luego no sería muy honroso de contárselo a mis nietos alguna vez, y en caso de clavarle la navaja en la garganta, temo fallar y no sostener las consecuencias. Aunque dudo que efectivamente esté armado. Calladamente espero que algún eventual patrullero aparezca por calle Mitre. Vuelve a insistirme con que le de $ 4. Le digo que le compro comida, pero que no le doy dinero. Nuevamente hace ademán de tomarse un arma; levanto un poco el Victorinox, pero el método se vuelve irrelevante (nada podría hacer yo si me apuntan con un revólver). El joven, finalmente, se sincera: "O me das la guita, o te lleno de agujeros".
- Está bien - le digo. - Yo te doy esa plata. Alejate -. Se aleja. No tengo en mi billetera el cambio que me pide. - Aguantame... voy hasta el kiosco a comprar algo, y te doy la plata. No tengo cambio -. Acepta de modo entusiasta, y me acompaña.
A todo esto, ningún patrullero se evidencia en el lugar.
Me compro un sandwich de salame y un Marlboro Box (cena, y postre). Me pide un cigarrillo; le doy dos. En cierto modo afectado por la desolación del joven (que previamente me amenazó con "llenarme de agujeros"), le pregunto si quiere algo para comer. Una sola respuesta: "No". Insisto. "Te doy los cuatro pesos que me pedís; además de eso, ¿querés comer algo?". La misma contestación: "No". El kiosquero no parece comprender mis repetidas señas de que "llame a la policía".
Le doy los cuatro pesos. El muchacho me acompaña hasta mi domicilio (fingí que mi domicilio fuera cualquier puerta que me pareció conveniente; sinceramente temía que en alguna instancia sacase un arma y - ya blando como pudo suponerse que soy - me pidiese el resto de mi dinero). El muchacho se va volando. Llamo al asterisco 911. Le detallo lo sucedido. "Quedate tranquilo; ya te estoy mandando un patrullero", me dice la voz de una mujer.
Siete minutos tardó el patrullero, trayendo consigo a dos policías: un varón y una mujer.
Les cuento rápidamente. Y finalmente les propongo ayudarlos a buscarlo. - Dale, subí -, me dice el conductor.
Mi preocupación al respecto consistió en el simple hecho de que el joven estuviera armado y ocasionara algún daño por ahí. De no llamar a la policía, la responsabilidad sería exclusivamente mía. Precisamente vengo de unos días singularmente difíciles: una semana y media atrás me quisieron robar la bicicleta en Plaza Sarmiento; en mi lugar de trabajo me robaron una consola de sonido; en plena Peatonal Córdoba (a la noche) un jovencito me pide un cigarrillo, en tanto que un moco blanco descendía de una de sus fosas nasales. En fin, hablando mal y pronto: YA ESTOY REPODRIDO.
Salimos a buscarlo con la policía. El patrullero toma calle Pasco. Sin que yo lo sindicara, el conductor lo reconoce a dos cuadras; acelera que casi me desnuco (yo iba en la parte de atrás). Lo detienen a la altura de Laprida. - ¡Poné las manos en el baúl! -, le espeta la agente. El joven obedece mansamente. Me reconoce a través del parabrisas trasero; desciendo del vehículo. El muchacho, finalmente, no estaba armado. Insiste con que él no había hecho nada. Le digo: "Decile a los policías quién es el que te iba a vender la cocaína". Pero su expresión fue más que explicativa: para estas cosas no hay Judas que valga, parece.
Lo meten en la parte trasera del patrullero. El conductor regresa al manubrio. La agente abre el baúl, toma la bicicleta; se la quito de las manos y la introduzco torpemente dentro del coche. La agente acomoda la bicicleta en el baúl.
Viaje a la Comisaría 5ta.
El joven dice llamarse Jonathan.
Retruco de inmediato (ahora yo iba adelante y la agente atrás, junto con el joven):
- ¿Y por qué a mí me dijiste que te llamabas Alan? - (eso me había dicho).
Me respondió que así me había dicho que "lo" llamaban por el "parecido físico" que tenía con un conocido que tenía ese nombre.
- ¿Ves...? -, le digo, - mirá dónde vas a ir a parar por mentiroso -. El conductor suelta un suspiro ruidoso; la mujer policía le repite al muchacho que mantenga la cabeza gacha. Éste último insiste con que no me había hecho nada. No puedo contener una ocurrencia singular: - Cuándo será el día que me llamen... Di Caprio -, digo, y despierto la hilaridad del conductor.
En la comisaría las cosas se resuelven densamente. Les indico a los agentes que sólo me interesaba que el muchacho no estuviera armado; en todo lo demás, que se expida la justicia como debe. Me familiarizo de inmediato con los policías. Al observar que la recepcionista no cuenta en su escritorio con una computadora les recuerdo el mar de cosas que les prometió el gobernador Binner en plena campaña política; realmente me apena el estado antropológico de aquella casona vieja y derruida que sirve como comisaría. En mi mente se conjuga eso junto con las comisarías de las películas norteamericanas, sobre todo de la serie "Dexter". Me pregunto (rara asociación de ideas) si la Policía Metropolitana de Buenos Aires contará con comisarías como la gente en un futuro.
A la hora de estar ahí liberaron a un reo y transfirieron a otro (según pude inferir, el segundo había apuñalado a "una de sus esposas"). "Siempre metiéndonos en lío", pensé.
La recepcionista (también policía, obvio) es una mujer joven, rubia y honestamente hermosa, pero se pone más brava que una fiera cuando los reos reniegan de cumplir sus dictámenes (a uno que se estaba por ir y que vacilaba para firmar un acta, lo levantó en vilo: "¡Firmá ahí si te querés ir y no me rompás más las pelotas!". La condescendencia del muchacho fue similar a la de un niño acobardado por el enojo que causó a su madre). No contará con más de treinta la mujer policía. Exhortó a uno de sus compañeros a que barra un poco el lugar, "ya que el inspector anda dando vueltas". El agente, cogiendo una escoba (con chaleco antibalas puesto), reniega: "No me casé para no tener quién me mande, y mirá vos...". Yo no puedo contener la risa. Le digo: "Me resultaría igualmente molesto, amigo... pero si no fuera por las mujeres nos comen los piojos". En el rostro de la mujer la contrariedad se torna en satisfacción.
Cae a buscarme mi primo Facundo. Deja su motocicleta en la vereda; todavía yo no firmé nada. Luego le indicarán que meta esa moto adentro porque ahí afuera "muere". Mi sorpresa es mayúscula, pero ni comparada con lo que sería cuando me dijeron: "La otra vez nos robaron una moto de ahí adentro".
A las dos horas presto declaración. Tengo más ganas de irme a mi casa que cumplir con la justicia. Le comento al policía que lo que habría que hacer es conseguir que el muchacho (mi asaltante) les diga quién es el que le vende la droga, armar un grupo comando y traer al traficante adentro de una bolsa. Nadie me contesta. Trato de arreglarla con el asunto de los benditos "apremios ilegales". El que anteriormente barrió la recepción a instancias de la mujer levantó significativamente sus cejas.
Por último, para mi gran sorpresa, me devuelven mis cuatro pesos. Me siento avergonzado. Les explico que no me interesa eso; "lo único que me preocupaba es que el choro estuviera armado y luego matara por mi culpa". El sumariante, luego de mirarme ligeramente, concluyó: "Si hubiera estado armado, no dudés que te mata. Como vos hiciste, así que hay que hacer. No te preocupes".
El hecho tuvo origen a las once y media de la noche; yo volvía a mi casa luego de una densa jornada de trabajo. A las dos de la mañana más o menos finalizaba con todo esto. Por supuesto que agradecí la oficiosidad de todos los policías, especialmente el profesionalismo de quienes me ayudaron a dar con el “caco” (así le llaman al ladrón en la jerga uniformada).
No pasó nada grave, gracias a Dios.
Al irme lo reconozco a mi agresor tras una reja que sonaba terriblemente cada vez que abrían y cerraban los policías. Me pareció que le estaban sacando las esposas, siempre con la cabeza gacha el muchacho.
Nota relacionada: Policía de Rosario, entre el fuego y la desidia
Entrevista al compositor Marco Pereira
De paso por Rosario, dentro del marco "Guitarras del Mundo, XVI Festival" - que organiza UPCN -, el prestigioso guitarrista brasileño MARCO PEREIRA me concedió la siguiente entrevista. Aproveché para preguntarle de todo, de todo lo que un músico o un aficionado quisiera saber. ¿Se puede vivir de la música? ¿Su música, tiene alguna influencia argentina? ¿Qué piensa de Agustín Barrios y de Heitor Villa-Lobos? ¿Cuántas horas por día hay que dedicarle a la guitarra?
Pero mi mejor pregunta se consigna de la siguiente manera: "¿La guitarra, en su vida, ocuparía el lugar de una esposa o de una amante?".
La respuesta que MARCO PEREIRA ofreció me emocionó profundamente. Bien ilustrativa al respecto del nivel de artista y de ser humano que tuve el gusto de conocer.
Los invito a que descubran esa respuesta y todas las demás. Estoy seguro que disfrutarán de la entrevista.
Willian Faulkner - Frases Célebres
1897-1962. Escritor estadounidense.- Algunas personas son amables sólo porque no se atreven a ser de otra forma.
- Siempre sueña y apunta más alto de lo que sabes que puedes lograr.
- La sabiduría suprema es tener sueños bastante grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen.
- Los que pueden actúan, y los que no pueden, y sufren por ello, escriben.
- Lo más triste es que la única cosa que se puede hacer durante ocho horas al día es trabajar.
Yo ya entrevisté a Jack Benoliel
NOTA: Resulta que últimamente por diversas razones el nombre de Jack Benoliel ha acudido a mi mente con la misma naturalidad con que un rosarino menciona al Monumento a la Bandera. Es que, para nosotros, este amable y docto señor instituye un ícono más de nuestra hermosa ciudad. Por si esto fuera poco, casualmente (o causalmente) he tenido el agrado de cruzarme con Jack en el VI Congreso de Economía Provincial realizado en la Bolsa de Comercio de Rosario; por supuesto que muy efusivamente lo he felicitado por haber sido reconocido recientemente como Ciudadano Ilustre de nuestra ciudad, a lo que Jack, casi con timidez devolvió: "Te agradezco de corazón".
Por si esto fuera poco, urgando en mi computadora, fui a encontrarme con esta bonita entrevista que le realicé hace ya un par de años... Preferí no alterar ni una sola línea de la misma, quizás para no violentar esa inocencia pura que yo mismo puedo entrever palabra tras palabra. Por tanto, a todos aquellos que se han emocionado por causa del reconocimiento como Ciudadano Ilustre de Jack Benoliel, con mucho orgullo este aprendiz de brujo afirma que "yo ya entrevisté a Jack Benoliel".
¡Prometo prontamente acudir de nuevo a la honda sabiduría de este rosarino de lujo!
¡Prometo prontamente acudir de nuevo a la honda sabiduría de este rosarino de lujo!
JACK BENOLIEL ES una persona que vive convirtiéndose en Jack Benoliel. Y si bien esta afirmación pueda en principios ocasionar sorpresa, intriga o incomprensión, podemos asegurar que es tan exacta que hasta resulta ocioso transmitirla. También es redundante, en esta oportunidad, reflexionar al respecto del Jack Benoliel periodista, o escritor, o historiador, o poeta, o incluso empresario si se quiere. A los que estamos interesados en aprender a crecer, a los que necesitamos un envión más para salir adelante, nos puede servir mucho más conocer esa chispa original, ese fragor empírico y esa magia argumental que lo lleva a ser el Jack Benoliel que sale en el diario, que habla vehementemente y que lo convierte de modo irreversible en un verdadero baluarte rosarino.
Vamos a intentar conocer, entonces, los principales parámetros que le permitieron a este señor posicionarse socialmente a tal punto de ser considerado una persona distinguida. Sin embargo, en esta ocasión, no hallaremos ecuaciones económicas o perspectivas comerciales ni nada, nada de todo eso. Jack Benoliel, como veremos, es una persona cien por ciento espiritual, y quizás aquí encontremos una clave de oro que nos abra el camino para todo lo que buscamos.
A los 37 años de edad a Jack se le presentó un gran obstáculo que hizo temblar el curso de su destino: el fallecimiento de su madre. Lo que puede entenderse como un desenlace natural, aquí posee un carácter que indudablemente lo hace especial. Jack Benoliel contaba con nueve años cuando quedó huérfano de padre, dolorosa circunstancia que llevó a la madre a llenar el gran vacío suscitado. Nos dice Jack, en exclusiva para Inforosario: “A los atributos maternos, yo vi en ella cómo reemplazó los atributos paternos, asumiendo con carácter la educación de sus hijos”. Nos cuenta que se trató de una mujer que tuvo que salir a la calle a ganar el pan para alimentar a tres hijos, motivo por el cual la familia se trasladó de Empalme Villa Constitución a Rosario. Fueron tiempos duros en todo sentido, pero nada impidió que el ideal se mantuviera incólume: la educación doméstica, fundada en el afán por la lectura.
Jack Benoliel recuerda que cuando cumplió 18 años su madre le hizo un obsequio que sería decisivo en su vida: los cuatro tomos de la “Historia del Gral. San Martín” de José Pacífico Otero. “Lo conozco a San Martín a través del camino que marcó mi madre”, diría nuestro amigo, explicando elegantemente su archiconocida devoción por El Libertador. “Ella tenía EL OBJETIVO de que sus hijos leyeran”, dice. Tanto influyó esta mujer de hierro en su vida, y de una forma tan especial, que, según él mismo, luego del deceso de su madre tuvieron que pasar dos años “para volver a ser el que era”.
Atención: el amor por los libros es un rasgo elemental en la vida de Jack Benoliel. Estamos hablamos nada menos que de un señor que se despierta todos los días a las dos y media de la madrugada nada más que para seguir leyendo hasta que vuelva el sueño; de una persona que siempre posee un detalle o una paráfrasis para enriquecer cualquier conversación; de un hombre que sigue manteniendo un espíritu de investigación voraz; y de un alma en cuya esencia radian celosas todas esas lecturas que completan un saber exhaustivo. Según él “los libros liberan, enseñan y redimen. Los libros son los que posibilitan abrir los caminos en todos los aspectos del existir humano”. Él mismo es el mejor exponente de estas palabras.
Podemos ilustrar sobre otro singular desafío que se le presentó a nuestro personaje cuando era sólo un niño. Un niño, sí, pero que provenía de la única familia judía de Empalme Villa Constitución, circunstancia suficiente como para que hoy todavía perduren las marcas de un prematuro desengaño.
- ¿Qué cosas lo han desilusionado, Jack?, le pregunto, haciendo gala de la confianza que este señor me ha permitido profesarle. A lo cual él responde:
“Me han desilusionado aquellos que se han mostrado, querido, no aceptando la diferencia. ¿Yo soy diferente? ¿Y qué tengo que me diferencia?”. Es aquí donde se acuerda del vuelco que dio su vida el simple día que no acompañó a sus compañeros a tomar la Primera Comunión. “En cierto modo, dice, yo pasé a ser el matador de Dios ante esos chicos…El chico aquél que llevaba la pelota, que era yo… ya no querían jugar con mi pelota”. Si bien aclara que con el paso del tiempo “esas cosas” han mermado, remata con se trató de “un desengaño que perduró en mi alma. Cuesta arrancarlo”.
Bueno, hasta aquí entonces, tenemos al Jack puro, neto, tal cual lo moldeó el céfiro del tiempo. Hemos destacado dos significativos desafíos planteados por la vida. ¿Y de qué modo, pues, nuestro amigo ha pervivido a la indolencia? ¿Qué ha hecho, con qué ha sabido sortear los obstáculos del destino? Mucho de esto se contesta solo, aunque necesariamente debemos hurgar en lo antes dicho para volver a un punto vital e ineludible: la lectura.
Jack Benoliel todavía considera el gran esfuerzo económico que significaba para su madre la educación de los tres hermanos, sobre todo lo concerniente a la compra de libros. Podemos imaginar, entonces, que absorbiendo desde muy pequeño la sabia de tantas lecturas, le fue posible a Jack construir un mundo interior paralelo al mundo exterior; un mundo interior repleto de seres admirables, valerosos, fantásticos, de historias maravillosas que enriquecieron su mente y su corazón. Resumiendo: la lectura, el mundo de la lectura, le posibilitó a Jack no decaer nunca en la desilusión, puesto que a pesar de los tropiezos y las soledades, desde muy adentro Jack siempre abrigó esperanza. Esperanza en el hombre.
¡Él mismo lo dice, por favor! Aunque, obviamente, que desde una perspectiva más elevada, más a lo Jack. En efecto:
- ¿En qué cosa nunca dejó de creer, Jack?, le digo, esperando algo revelador. Su respuesta no se hace esperar, casi automática.
“En Dios. Los valores espirituales religiosos no deben ser abandonados jamás. Marcan una senda”, dice.
En rigor, Jack se define como una persona religiosa, y deberíamos considerar la limpieza de su corazón acaso para mostrar la contracara de estos días en que por motivos de credo se puede desatar una guerra. Él dice que su condición de judío no altera para nada su argentinidad, y, por si esto fuera poco, en materia de religión, se acuerda de Juan XXIII y de Juan Pablo II con la misma admiración y el mismo respeto con que lo haría un Católico acérrimo.
¿Qué argumento podríamos blandir para sintetizar la enseñanza que viene a legarnos el señor Jack Benoliel? Lo mejor de todo, obvio, sería hablar con él, verlo, verlo bien cuando está a punto de tomar la palabra, descubrir el preciso instante en que se convierte en eso, en ese, ese alguien tan preciso, tan sutil, tan enamorado del saber y de la dignidad humana. “El principio de la ética, como él dice; saber apreciar en el otro los mismos derechos que nosotros ansiamos”. Vamos a quedarnos con que, para salir adelante, es necesario concentrar un poderoso espíritu de tenacidad, de búsqueda, de esperanza. Poseer un objetivo noble, aprovechar cada momento para capacitarnos, no ceder jamás a la injusticia, saber esperar, y seguir, seguir buscando, buscando y buscando. Quién mejor, entonces, que el mismo Jack para cerrar esta charla con algo suyo francamente revelador, sabia de tanta experiencia:
“Quién busca tanto algo… ¿en cierto modo, no lo tiene?”
¿Por qué nos cuesta llevarnos bien?
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“Amo todo lo vivo, todo lo que se mueve o está quieto. El mal no es más que la incapacidad del enfermo por ver el bien en algunos secretos aspectos”. Naguib Mahfuz (“El Callejón de los Milagros”).
¿No odian todos los pueblos la maldad? Y sin embargo todos marchan de su mano. ¿No sale de la boca de todas las naciones la alabanza a la verdad? Y sin embargo, ¿hay acaso un labio o una lengua que persevere en ella? ¿Qué pueblo desea ser oprimido por otro más fuerte que él? ¿Quién desea ser despojado abusivamente de su fortuna? Y sin embargo, ¿cuál es el pueblo que no oprime a su vecino? ¿Dónde está el pueblo que no ha despojado la riqueza de otro?".
Libro de Qumrán (1Q27:9-10), parte de los Famosos Manuscritos del Mar Muerto - Gentileza de Damián Silva.
YO CONOCÍ A UNA SEÑORA muy buena y muy inteligente que una vez me dijo: “No existen las malas personas”. Fue preciso, entonces, anular por un rato todo el ambiguo andamiaje moral para poder observar el mundo desde aquellos ojos de santa convencida.
Y quizás por eso yo tampoco creo que existan las malas personas. Pero… entonces… ¿por qué nos cuesta tanto llevarnos bien?
A menudo me pasa que observo que, teniendo infinidad de cosas para coincidir, elegimos siempre centrarnos en aquellos pocos y contados aspectos sobre los que pensamos diferente. Y no sólo eso: escogemos las formas más viscerales, más dolorosas y más insensatas de plasmar nuestras diferencias. ¿Por qué?
Recurrir a un análisis psicológico o sociológico o antropológico sería tan exhaustivo como presuntuoso. Ningún dato curricular me autoriza a precisar un detalle al respecto. Debo, pues, arbitrar una explicación “humana” al problema. Deberé mirar la vida, otra vez, con los ojos de aquella mujer inconmensurable.
Y me parece que el “mal” que aqueja al mundo no es otro que la soledad de las personas. La soledad, por cierto, mal asumida de muchas personas, porque – al menos para algunos – la soledad es linda. Hasta es lindo pronunciarla, susurrarla, pensarla.
¿Por qué hay personas que no son felices con sus soledades, es decir, consigo mismo? Por una simple cuestión de insatisfacción, ante el constante avasallamiento de pautas, modas, tecnologías, ideologías, vanas expectativas, estímulos y deseos inconsistentes. Es mucho lo que estos tiempos exigen al hombre; imposible satisfacer tantas cosas juntas.
Es alto, además, el grado de “preconceptos” con que nos vamos haciendo adultos, paradójicamente “grandes”. Hemos crecido bajo un arbitrio infantil y simplificador: para que haya uno bueno, tiene que haber uno malo; para que algo sea nuevo, otra cosa tiene que ser vieja (con todo lo que connota esta palabrita); para que alguien gane, alguien tiene que perder; para la paz, primero la guerra; para que exista amor, no puede faltar el odio.
Un preconcepto, lo mismo que un prejuicio, es la definición que aplica el ser humano sobre una cosa sin un análisis o juicio previo. Es equivalente a hablar sin antes haber pensado lo que se tiene que decir. Muy lamentablemente creemos, por ejemplo, que la contracara del amor es el odio, lo mismo que la del color blanco el color negro. El odio, tanto como su supuesta antinomia, también es un sentimiento pura y cálidamente humano, en tanto que si fuera la contracara del amor no podría adscribirse como tal; podríamos decir que lo único que distancia al amor del odio es tan simplemente una cuestión de evolución emocional del hombre. Más sencillo: aquello que diferencia al odio del amor podría ilustrarse como una cuestión de perspectiva; el odio, entonces, es la capacidad no plenamente desarrollada de observar en la oscuridad, quizás el miedo a descubrir lo que existe entre las sombras. El amor sería, así visto, la entereza del hombre para ver, afrontar y asumir lo que existe más allá de nosotros; es la luz propia para guiarnos por lo desconocido.
Amor y odio habitan dentro nuestro, no como enemigos sino como hermanos. Lo que en muchas personas no está bien definido, entonces, es cuál de esos dos corresponde al hermano mayor. Es decir, quién va primero, quién guía a la persona. Creer que el amor y el odio son dos aspectos diametralmente opuestos es, puntualmente, asumir que dentro nuestro el odio tiene más autoridad que el amor, ya que este último existe en función del primero, gracias al primero.
Hay implantada, por cierto, una “cultura” del odio, sin por ello verme en la obligación de decir que “todo el mundo odia”. Simplemente estoy diciendo que el amor es quien, por estos días, ha quedado en un segundo plano, o bien espera por la pronta evolución del ser humano.
Días atrás discutía con una señorita muy hermosa y muy inteligente al respecto, pero no creo que me haya entendido. La muchacha pretendía convencerme sobre las verdades que se terminaban de postular en un mitin político. La política, por cierto, es el terreno más fértil para la cosecha del odio; en su seno se gestan la mentira, la tergiversación, la demonización y el autoritarismo. Es triste ver cómo hermosas gentes se aprestan a pertenecer a semejante calamidad.
No es que todo el mundo odie, por supuesto, pero qué lejos estamos del amor… Nos falta, quizás, terminar de transitar el odio de una buena vez. Hoy en día, en política, el hombre parece que tiene, ante todo, la obligación de denostar al adversario, al supuesto enemigo; horas y horas de completa denigración; horas y horas de mostrarle a los demás que “yo” no soy como “tal cosa”. Esa “tal cosa” es, pues, una representación nuestra antes que una realidad sincera; para caratular a una persona con los peores anatemas – tal como se acostumbra en política – necesariamente nosotros mismos debemos ser susceptibles a los susodichos. El oficialismo mancilla a sus adversarios como “opositores” y a su vez la oposición hace lo mismo pero con la chicana de “oficialistas”; ante todo, pues, sentar la diferencia, el estigma, la denostación, el odio.
Si yo acuso a otro de “fascista” es porque “YO” SÉ MUY BIEN que dicho insulto denigra y destruye; pero si “YO” pienso que tal cosa es así, es precisamente porque “YO” tengo algo de fascista que en cierto modo me lleva a pensar así. Otro ejemplo: si yo acuso a otro de “homosexual” es porque “YO” SÉ MUY BIEN que dicho insulto denigra y destruye; pero si “YO” pienso que tal cosa es así, es precisamente porque “YO” tengo algo de homosexual que me lleva a pensar así. Lo más sorprendente de toda esta historia es que tanto para el ‘fascista’ como para el ‘homosexual’, en caso de serlo, estos “anatemas” le sientan sin mayores complicaciones, y resulta que terminan siendo los detractores quienes viven, hablan y manifiestan en función de algo que no quieren ser… o, más precisamente, que no se animan a asumir que ya son.
Y así está marchando hoy día este querido planeta que habitamos: más en función de aquello que negamos que de aquello que afirmamos. La historia del mundo se concisa en aseveraciones inexpugnables, sin que en ningún lado se diga que cuanto más virulenta se formula una afirmación es porque más cerca está de ser una desastrosa negación.
Mahatma Gandhi, al ver que los sudafricanos negros tenían prohibido caminar por las aceras exclusivamente reservadas a los ingleses o sudafricanos blancos, so pena de ser castigados a golpes de cachiporra, plasmó para la historia: “Es un gran misterio para mí que el hombre, para sentirse honrado, se vea en la obligación de tener que humillar al prójimo”.
Y por esto mismo a las buenas personas de esta vida les cuesta llevarse bien entre sí. Muy pero muy dentro de nuestras cabezas y desde muy chiquitos (e incluso desde antes de nacer), tenemos preestablecida una escala de valores fundada por oposición a otra escala de valores. Entonces, ¿cuál es, sinceramente, la verdadera escala de valores?
¡Nadie se asuste…! Ni una ni otra lo son. Lo único verdadero que existe en esta vida es la posibilidad que Dios nos ofrece cada día para ser mejores personas. Para ser buenos, orgullosos, honrados, viriles y felices con completa independencia de sus supuestas antinomias. Ésa es, y solamente ésa, la única necesidad real que debemos satisfacer; no existe mayor capital humano que el hecho de ser tenidos por buenas personas. Lo único verdadero es la Fe y la seguridad para ver más allá de donde llegan nuestros ojos. El día que el hombre entienda que no necesita odiar para ser feliz… será precisamente el día que, al igual que la mujer maravillosa que inicia este artículo, podrá afirmar – con total tranquilidad e independencia – que “en este mundo no existen las malas personas”.
"Chile o Venezuela", por Gerardo Bongiovanni
Apuntes sobre el VI Congreso de Economía Provincial (Rosario, Santa Fe)
Escribe: Gerardo Bongiovanni
Presidente de Fundación Libertad
SIN NINGUNA PRETENSIÓN de originalidad, decíamos en la apertura de nuestro VI Congreso de Economía Provincial, recientemente realizado, que Argentina tenía ante sí la opción de parecerse a Chile o a Venezuela. Y que esta opción dependía absolutamente de los que hiciéramos los propios argentinos.
Recordábamos, haciendo referencia al título del Congreso (“De las Oportunidades Perdidas al Desarrollo Sostenido”) que todos los indicadores económicos, sociales y políticos confirmaban de manera inapelable que nuestro país había perdido posiciones relativas respecto a la mayoría de los países en las últimas décadas. No sólo respecto a naciones como Australia o Canadá, con quienes gustábamos compararnos mucho tiempo atrás, sino también respecto a vecinos como Chile, Brasil o Uruguay.
Luego de escuchar durante las dos jornadas del Congreso a líderes políticos de la talla de Elisa Carrió, Mauricio Macri, Francisco de Narváez, Alberto Rodríguez Saá o Rodolfo Terragno; a economistas del nivel de Ricardo López Murphy o Federico Sturzenegger, y a referentes empresariales como Emilio Cárdenas, Víctor Trucco o el presidente de AEA, Jaime Campos, estos criterios se han fortalecido.
Aún con diferencias ideológicas políticas y de matices, creo que podrían resumirse consensos y opiniones comunes, al menos en estas áreas:
- La economía. El grueso de los disertantes presentaron el contexto internacional como extraordinariamente favorable para Argentina, dada la sostenida demanda de los productos que exportamos y el excelente nivel de precios; además de las condiciones de los mercados financieros. Lamentablemente, hubo también consensos en que Argentina no aprovecha estas condiciones porque el modelo intervencionista/arbitrario de manejo K de la economía (con Moreno y Moyano en el eje del escenario) genera desconfianza en los inversores y altera el clima de los negocios. A modo de anécdota, se mencionó el caso de una importante inversión –millonaria en dólares- trasladada por una tradicional empresa de Argentina a ¡Paraguay! También hubo cuestionamiento al aumento del gasto publico (10 puntos del PBI entre 2003 y 2010), del empleo público (casi un millón de nuevos empleados en la misma época) y a la debilidad, en cambio, en las inversiones de infraestructura y en formación de recursos humanos.
- Respecto a la problemática social, hubo también posiciones comunes, críticas al modelo clientelista que el gobierno ha exacerbado. La lucha contra la pobreza estructural tiene que ver fundamentalmente con la educación (formación de capital humano) y con la formación de empleo genuino, para lo cual la confianza de los inversores es vital. Por cierto, Argentina ha caído al sexto lugar como receptor de inversiones directas, por debajo incluso de Perú y Colombia. Y poco se ha hecho también para que las PyMES puedan general empleo, dada las condiciones contradictorias en que deben desenvolverse. Especial punto de atención mereció para varios de los oradores la desidia oficial por la educación. Aunque de vieja data, este problema ha llevado a nuestro país –que otrora ocupaba un lugar destacadísimo en su calidad educativa- a descender a lejanos puestos 80, 100 o hasta 120 en los diferentes rankings que miden el desempeño educativo.
- En lo internacional, Argentina sigue, según el consenso de los invitados, como por fuera del mundo civilizado. Y esto se expresa a través de las opiniones y editoriales de la mayoría de los medios periodísticos. Incluso diarios vinculados al socialismo, como El País de España, señalan el aislamiento de nuestro país, las conductas peligrosamente parecidas a las de la Venezuela de Chávez. En varias reuniones, se habló con preocupación del caso Apablaza y de la increíble posibilidad de que el gobierno argentino niegue la extradición a Chile del jefe terrorista, acusado de asesinar –en plena democracia- a un Senador Nacional trasandino. Que el gobierno esté por tomar esta decisión para quedar bien con amigos de ciertos grupos de DDHH, muestra no sólo la miopía con que el gobierno y esos grupos encaran el tema de los derechos humanos, según las victimas o victimarios sean de izquierda o de derecha, sino también la subordinación de la política internacional a los alineamientos políticos domésticos.
- Pero quizás las mayores críticas al modo de gobernar actual, que nos acerca al Comandante Chávez, pasó por lo política de confrontación y, ya podemos decirlo, de persecución con quienes no comparten el proyecto oficial. La persecución y denuncias falsas sobre opositores (recordemos los casos de Olivera, de Narváez o Macri ahora), la utilización de organismos del estado como la SIDE o la OONCA para presionar (¿persuadir?) a dirigentes políticos o empresariales, los intentos por disciplinar a la prensa con la pauta oficial, o más recientemente, los ataque a Clarín o La Nación, más la manipulación de la historia con fines coyunturales, son algunos de las puntas de iceberg de esa estrategia. Al mejor estilo orwelliano, el gobierno pretende reescribir la historia –incluyendo incluso un papel protagónico heroico para el matrimonio presidencial- aplicando aquella consigan que declamaba el totalitario partido gobernante de la célebre novela 1984. “quien controla el pasado controla el futuro”. Y el que controla el presente y, carece de escrúpulos, puede controlar el pasado. O intentarlo, al menos.
En marzo del 2009, concurrimos a Caracas junto a Mario Vargas Llosa y a un grupo de periodistas, intelectuales y economistas, a acompañar en un Seminario la celebración de los 25 años del CEDICE, un instituto de políticas públicas que defiende la libertad y la democracia. Vargas Llosa fue detenido en el Aeropuerto, fuimos insultados en los medios de prensa oficialistas y acosados por las huestes chavistas. Incluso en un programa, al que me tocó asistir, fuimos insultados por una señora que se definía como chavista y quien nos aseguró que quería ir a la radio y dinamitarla.
Hace dos semanas, estuve en Chile. Fui invitado también a un programa radial, dirigido por un periodista socialista. Fui tratado con respeto y consideración. Discutimos sobre diversos temas, disintiendo de a momentos, pero siempre –así lo sentí- con altura y nivel. La misma que se observa en el trato mutuo que se dispensa la dirigencia política de ese país.
Hace unos pocos días, el sábado 18 de septiembre, en nuestro programa radial A Fondo, por LT8, una mujer que se definió como simpatizante oficialista, dijo que le gustaría ir a la radio y poner una bomba. Mientras estábamos al aire, supongo.
Distintos climas, como se ve. Los argentinos hemos dejado pasar por delante de nuestras narices muchas oportunidades. Hemos ido a contrapelo del mundo en exceso. Ahora tenemos otra oportunidad, ir hacia los valores de la democracia, la tolerancia, el diálogo y los consensos, en lugar de marchar hacia el agravio, el patoteo y el apriete. Chile o Venezuela. Depende de nosotros, como siempre.
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iPad
Sería reduntante aquí explayarnos al respecto de lo que es el iPad, ya que imagino que todo aquel que se movilizó hacia esta nota naturalmente sabe bien de qué estoy hablando... y el que no sabe... bueno, deberá comenzar, primero, por aprender a encender una computadora y luego enviar un mail.
Es una de las cosas más hermosas que existen, ciertamente. Los menos entusiastas dicen que es "como un iPhone gigante", y si bien la comparación no es antojadiza... ¡bahhh... qué bueno que está, entonces, ese iPhone gigante!
La nueva invención de Apple es, como bien dicho está, un invento (excúsese la redundancia). Es decir, se trata de un dispositivo que aún no está en el mercado. Algo nuevo; distinto.
Particularmente, me encanta ese aparato. Sería ideal...
Sin embargo, tuve ocasión (como cualquiera que haya investigado al respecto) de conocer un sinfín de comentarios poco satisfactorios al respecto del iPad; desde que no posee tal cosa a que no se puede hacer tal otra. Por lo que puedo entrever de tantos comentarios, la gente esperaba que el iPad hiciera hasta el café con leche. Entre las cosas que más se le cuestiona figura la carencia de un puerto USB y la poca memoria de almacenamiento que trae (aunque para otros es más que suficiente) de 64 GBs. Por otro lado, ¿se acuerdan que Mac fue el primero en suprimir la disquetera ya que ésta había sido ampliamente reemplazada por otros dispositivos para trasladar información?
Son cuestionamientos ciertamente comprensibles. Hoy estamos acostumbrados a que el más minúsculo aparatito haga absolutamente todo, desde filmar a editar texto; desde reproducir una película a guiarnos por una ciudad desconocida. Incluso estamos acostumbrados a hacer todas esas cosas al mismo tiempo... más para probar la potencialidad de nuestra deslumbrante adquisición que porque nos resulte verdaderamente necesario.
Pero el iPad es diferente (oh, Dios... cómo me cuesta poner esa "P" mayúscula en algún lugar que no sea el comienzo de la palabra). No creo que, como dicen sus creadores, venga a cambiar las cosas, aunque sí puedo estimar que seguramente irá a modelar un poco más nuestro estilo de vida.
El iPad está pensando, particularmente, para la navegación por internet, sin tener que ser por ello una netbook. Por cierto que tampoco debemos confundirlo con una notebook. El iPad se ubicaría entre medio de ambas cosas, según estimación de sus mismos creadores (revisar www.infobae.com). No ha sido creado para hacer absolutamente todo lo que generalmente hacemos con un PC, y esto puede deberse también a una cuestión comercial: el mismo Apple necesita seguir vendiendo sus otros insumos además de este último, ya que, si este mismo hiciera todo que hace una Mac, entonces, para qué comprar una Mac y para qué fabricarla.
Como queda dicho, entonces, se trata de un invento, de algo que todavía no se ha fabricado y difundido en el mercado, por lo menos en lo que a Apple concierne. Su funcionalidad está bien delimitada para un uso en particular, de manera que la misma persona que lo adquiere no por esto dejará de usar su PC o su teléfono móvil (para tranquilidad de Windows, por un lado, y de Nokia o Motorola por el otro).
Es nuevo, es diferente, es innovador y está buenísimo.
¿Te gustan los Simpson? Entonces, juguemos...
En uno de los más ácidos y divertidos capítulos de la exitosa serie norteamericana, pueden escucharse las siguientes palabras:
"Compatriotas e ilegales que votaron por mí, voy a procurar ser breve".
¿Alguien es capaz de saber a qué capítulo nos estamos refiriendo?
Estoy en contra de "enterate quiénes han visitado tu perfil"
La vida en sociedad se funda sobre códigos que, además, también podemos llamar “acuerdos tácitos”. Pero claro… debemos diferenciar una cosa de la otra.
Un código, entonces, es una norma preestablecida que aceptamos por buena y útil. Nadie va por la vida diciendo “estos son mis códigos”, de manera que todos aquellos que nos rodean, sin necesidad de conocernos en profundidad, están tranquilamente al tanto de las cosas que nos hacen sentir bien o, más simple, de las cosas que podrían llegar a molestarnos. El respeto hacia el otro es un código, por ejemplo.
Lo que aquí damos en llamar como “acuerdo tácito” puede definirse como una sofisticación de lo anterior. Los códigos se dan entre todas las personas, conocidas o desconocidas; ya los “acuerdos tácitos” (al menos aquellos a los que aquí nos referimos) se remiten sólo a las personas que se conocen o, bien, que ya han fundado un entendimiento en particular o, más precisamente, que ya han arribado a cierto nivel avanzado de códigos. Si entendemos que un código es el respeto, entonces un “acuerdo tácito” vendría a ser la extensión y los límites de ese respeto; por ejemplo, está bien que seamos respetuosos con los ancianos (código), pero ya cuando prevalece cierta confianza es ridículo hoy por hoy privarse del hecho de tutear o ser más transparentes con nuestros sentimientos. En la medida que tenemos derecho sobre el otro se fundan los “acuerdos tácitos”.
Facebook es, naturalmente, una actividad sensible o susceptible de códigos y “acuerdos tácitos”. Y, por ende, también lo es de “no códigos” y “contra acuerdos”, deduciéndose sin mayor esfuerzo que estas últimas vienen a ser las antípodas de las primeras (un “no código” sería una falta de respeto, y un “contra acuerdo” alguna indebida atribución que nos tomemos).
El título de esta nota dice que estoy en completo desacuerdo con la aplicación de Facebook que presumiblemente al usuario le permite saber quién o quiénes han visitado el perfil de uno, asumiendo que lo mismo excede cualquier nivel de código y viola toda manera de acuerdo tácito entre los usuarios.
Toda persona es por sí sola completamente responsable de las cosas que publica en Facebook, y, ni hace falta decirlo, de todo lo que aquello pueda llegar a originar. Facebook, como bien está dicho, es una “red social”; es decir, un espacio de intercambio humano a través de internet. Cuando una persona decide formar parte de la red “tácitamente” está asumiendo que el otro tendrá acceso a la propia información que suministre. En resumen, le está dando derecho al otro sobre sí mismo. Hasta ahí vamos bien.
Ese derecho que le brindamos al otro sobre nosotros mismos por supuesto que tiene una extensión y tiene límites también. Yo le permito a “X” acceder hasta cierto nivel de información personal mía e incluso también le permito alterar o complementar la misma mediante comentarios o, como también se acostumbra, eventuales etiquetaciones. De la misma manera yo tengo derecho sobre “X”. El asunto es bien recíproco hasta aquí.
Empero, aquello que en ningún momento se le ha permitido a “X” es tener el derecho de estar al tanto de la medida en que yo acceda a la información personal qué él ha decidido compartir abiertamente. Desde el instante en que yo publico mi información estoy asumiendo que “X” tendrá acceso a ella y viceversa. Pero en tanto que “X” pretende saber si yo he revisado su información personal está violando mi derecho ya sea a hacerlo con entera libertad o bien a no hacerlo directamente. En ningún momento, repito, Facebook me ha notificado que “X” estará al tanto del momento en que yo revise su perfil y de la medida en que lo haga, por lo que la ilegitimidad de dicho proceder queda al desnudo; se produce, pues, un “contra acuerdo”.
De la misma forma en que “X” sabe, entonces, que he visitado su perfil (sin comentar nada), también sabe si no lo he hecho, y es ahí justamente en donde queda vulnerado mi derecho sobre tal. Si “X” me ha concedido el derecho de ingresar a su perfil, queda a mi arbitrio hacerlo o no sin rendirle cuentas de lo que haga; en todo caso, para equiparar las cosas, debiera en el perfil en cuestión existir una advertencia de que “X” estará al tanto de que uno lo visite o no lo haga, es decir, otra notificación más. Más simple: si “X” tiene derecho a saber si yo lo visito, pues yo tendría que tener derecho a saber que “X” sabe cuando accedo a su información, en caso contrario el primero tiene ventaja sobre el segundo.
Lamentable, entonces, la forma en que es posible vulnerar aquel concierto de códigos y “acuerdos tácitos” que mencionábamos en un principio; la vanidad y la soberbia, como en la vida misma, también en Facebook pugnan por el hecho de arrogarnos un derecho o un privilegio más que el otro, aquel otro nada menos que nos concedió la posibilidad de formar parte de su repertorio de amistades. Lamentable, también, la forma en que decae el nivel de códigos y demás sofisticaciones por el estilo a partir del momento en que estamos al tanto de que tal o cual persona “husmee” nuestros perfiles, puesto que a eso se convierte el hecho de visitar un perfil amigo en tanto que el otro pretende estar pendiente de lo mismo, y por lo tanto ya podemos adivinar la naturaleza “dañina” con que “X” interferirá en nuestros mismos Facebooks.
Como dijimos, somos completamente responsables de las cosas que publicamos en Facebook, y de todo lo que ello vaya a originar. Por lo mismo es que aquí queda instado otro riesgo más a tener en cuenta a la hora de subir una foto o realizar cualquier publicación. Como en la vida misma, entonces, se recomienda andar con precaución: hay personas que a Facebook no le dan un uso saludable y desinteresado.
Nota Relacionada: "¿Para qué sirve Facebook?"
Llegó la hora de "legalizar el placer"
La Nutricionista y Directora de Postgrado de la Universidad de Favaloro, Mónica Katz, estuvo en el Teatro "Nacional Rosario" ofreciendo un seminario sobre nutrición y obesidad. Parece haberse propuesto la específica tarea de derribar ciertos mitos existentes, como ser "que hay tomar dos litros de agua por día" y que la alternativa para la obesidad no es otra que "legalizar el placer".
Tuvo la amabilidad de concedernos la siguiente charla en particular, ¡más que interesante!
Nosotros, y ellos (el maldito cuento de la izquierda y la derecha)
SÉ DE CIERTA tribu aborigen africana que, entre tantas desopilantes maneras de arraigar y de perpetuar la propia identidad, tiene por costumbre encerrar las cabezas de los recién nacidos con compresas de piedra o madera que, al transcurso de las semanas y de los meses, terminan por originar un cráneo presumiblemente cuadrado. Mi explicación es vaga e imprecisa, tanto como la misma impresión que me ocasiona la observación de esas cabezas sinceramente horripilantes. Todo sensato hijo de lo que aún podemos llamar cultura occidental pensará más o menos como yo; realmente es una barbaridad (en la estricta significación de la palabra) someter a los recién nacidos (o bien, “bebés”) a dicho tortuoso ritual. Pero ésa es la manera que tiene esta gente de fundar una diferencia con el resto, entre las tantas que existen y que sería largo y desagradable de explicar en esta parte.
Si nosotros observamos como una barbaridad lo aquí descripto, es porque en gran medida pensamos que ofrecemos a nuestros recién nacidos un mayor margen de posibilidades en cuanto a formarse independientemente. Eso pensamos. En la realidad, también nosotros aplicamos métodos inexorables de presumible formación moral e incluso física, aunque por cierto que con métodos quizás menos descabellados. Nadie elige, por ejemplo, la religión a la cual pertenecer (o al menos nadie lo hace hasta entrada la adultez), ni tampoco nadie elige el cuerpo que nuestra alimentación y los actuales (y cambiantes) cánones de belleza nos obligan más a desear que a tener. Que una mujer gorda esté fastidiada por serlo, significa que bien dentro de su cabeza tiene prefigurado un ideal de belleza que la sociedad le inculcó aún antes de dar sus primeros pasos. Nadie elige ser lo que se es; somos el resarcimiento convulsivo de un caprichoso ideal de ser humano.
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Creo acertado echar un as de menuda indulgencia al respecto de la costumbre africana de deformar los cráneos de los recién nacidos, en tanto que considero que mi falta de competencia en la materia (no soy africano, tampoco antropólogo) me priva de la necesaria sensibilidad para entender con plenitud los motivos viscerales que explican semejante proceder. Mi conducta de hombre occidental me lleva a asumirlo como una barbaridad, como cosa de “bárbaros”, es decir, de indios, de aborígenes. De la misma manera, aunque ya con algo de conocimiento al respecto, deberé ser comedido con las costumbres occidentales del inculcar religiones, valores, ideales físicos, lenguajes, etc. La perpetuación de la raza humana exige el sacrificio o la contención de la originalidad de nuestras singulares naturalezas, pero gracias a ello todos coincidimos (más o menos) en que amar es amar, odiar es odiar, ser bueno es ser bueno, y ser malo es ser malo. Sería inhabitable un mundo en donde haya gente que haga el amor sin amor, que mate inocentes en pos de una causa presumiblemente justa, que vote por obligación y no por deber, que respete por miedo, que critique sin idea, que piense sin pensar. Bueno… evidentemente algo no está sucediendo de modo satisfactorio en esta historia.
El mundo, pues, nos está quedando grande. De modo absurdo, en la era de la globalización, de los infinitos roces de culturas, de la tolerancia y, nada menos, de la democracia, cada día estamos más empecinados en ser individualmente todo lo contrario a lo que rezan las ardientes propagandas. Cada día somos más nefastos detractores de aquel que transita un camino distinto. Pero esto no es lo peor. Lo peor es el empeño simplificador con que nuestros ojos absorben la vida que nos rodea, de manera que la concepción del mundo queda reducida a sólo dos instancias tan paralelas como antagónicas: nosotros, y ellos. No importa que “ellos” sean millones y millones, y que “ellos” mismos incluso sean dispares entre sí, que, si no son “nosotros”, simplemente son “ellos”. El eterno descanso moral de las masas naturalmente conlleva a una ilustración infantil del problema en sí: nosotros, los buenos; ellos, los malos. Por extensión (lamentable extensión), todo lo que hacemos nosotros está bien y así debe ser, y todo lo que hacen ellos está mal y así no hay que hacer. Estoy hablando de personas, que no de idiotas.
Argentina particularmente atraviesa un cisma de esta naturaleza: el kirchnerismo. Y aclaro que no me refiero sólo a los kirchneristas, sino también a sus antagónicos. Dos vertientes opuestas que recrean esa visión disneylandista de la vida en que uno es bueno y el otro es malo. Y la cosa no va más allá de eso. Deberé atribuirle una magnitud de patología a esta ceguera existencial que trunca el horizonte de los argentinos, y por más hiriente que esto pueda parecer estoy siendo bien compasivo, como un médico amigo que no se anima a diagnosticarnos lo peor de lo peor. Tal es la compresa que nos aprieta dolorosamente en las sienes, que la vida se nos va formulando no tanto como en un cuento para niños que como en una mezquina historia de terror.
Los argentinos, y así mismo los latinoamericanos, no damos para “absurdos”. La visceralidad de nuestras pobres acciones conjuntas nos condenan a vergonzosos manotazos de ahogado en pos de persistir a pesar no tanto de nuestras confusiones como de nuestras falsedades. En cierta ocasión, mientras yo oficiaba en Radio “Rosario Clásica”, mi compañero de programa me preguntó al aire “si tenía pensado ir a cubrir la visita de Estela Carloto en Rosario”. Le dije, también al aire, que aceptaría el reto con la condición de preguntarle que “cómo es posible que una mujer como ella, que tanto defenestra a los gobiernos militares de la época del 70, le haya preparado un recibimiento de honor al dictador Castro en la ciudad de Córdoba”. Ese día batimos el record de llamadas recibidas en la radio; me dijeron de todo menos lindo. Cualquier diccionario de habla hispana apreciará como dictador a todo aquel que se haya en el poder sin el consenso del voto popular. ¿Cuándo hubo una elección en Cuba para que Castro sea su Presidente durante más de cuarenta años?
Por cosas así es que yo no entiendo a la gente de izquierda. Ni tampoco a los gobiernos que tanto se placen de ser de izquierda. Más allá de los buenos resultados estructurales de gobiernos “socialistas” como los de Chile y Uruguay, yo sigo buscando las causas o razones que me expliquen el porqué de “socialistas”. Es indudable que Chile siempre fue la mano derecha de Estados Unidos en Sudamérica, y no olvido que “socialista” es mala palabra tanto para demócratas como para republicanos; si bien todo el mundo admira al país trasandino por sus logros de distinta índole, la actual crisis devenida por el terremoto dejó al desnudo el ostensible grado de corrupción que plagó al país de edificios convencionales en tanto que debieran haberlos antisísmicos. No entiendo que una nación tan marcadamente izquierdista como Chile sea un socio visceral de un país tan marcadamente derechista como Estados Unidos (en realidad, entiendo que la gente votó por una izquierda que nunca fue tal, y que cuanto tuvo que reprimir, reprimió, a pesar de todo la vanguardia de ideales de tolerancia que empantanan los tratados marxistas).
Uruguay es otro caso que me consterna. Otra historia en que la gente votó un ardiente discurso de izquierda anti-imperialista, el de Tabaré Vásquez… ¿y no amenazó este distinguido presidente con renunciar al Mercosur con tal de firmar un escandaloso tratado de libre comercio con los Estados Unidos? Ahora último, el ex guerrillero Mujica… pucha… ¿no les abrió las puertas en Uruguay a los derechistas empresarios argentinos que no pueden invertir en nuestro propio país por las trabas impuestas por el “izquierdista” gobierno de los Kirchner? “Vengan que acá le vamos a dejar exportar”, señaló entusiasta el presidente Mujica ante una reunión colmada de empresarios argentinos. ¡Yo lo vi, no que me contaron!
Pero esto no quiere decir que esté mal que Chile y Uruguay sean socios de Estados Unidos, que los empresarios argentinos tengan que cruzar el Río de la Plata para poder invertir lo que no pueden invertir acá, que nuestro socialista Gobernador Binner trabaje conjuntamente con los miembros de la Sociedad Rural (sobre los cuales sobrevuela el mote de “ultraderechistas”), que se venere a Castro o a Chávez… No está mal. Lo que está mal… es el cuento, el maldito cuento de la izquierda. Cuento que sólo tiene una vocación electoralista, como aquella compresa que alguna tribu africana cierne en las cabezas de los bebés, cuento que sólo sirve para sentar una diferencia tan intangible como irreal, paranoica, esquizofrénica. De hecho, existe efectivamente esa diferencia… pero sólo de palabra. En la práctica, el proceder es muy distinto a las cantatas electoralistas, tanto aquí como en la China.
En Latinoamérica la gente vota en lo cree y no en lo que es, ése es el problema. Y se trata de un problema serio porque al ser de este modo queda de manifiesto la vaga credulidad del pueblo, cual tierna ovejita que marcha alegre a los colmillos del lobo. Al momento de votar o bien de pertenecer a una facción o agrupación política debemos inexorablemente neutralizar el embate de nuestras emociones para usar como se debe la cabeza. De la misma manera en que se condena en Argentina a supuestos genocidas de los 70 mientras que se es increíblemente condescendiente con idénticos especímenes cubanos, venezolanos, musulmanes... de igual forma dentro del kirchnerismo sus seguidores reniegan de ver dentro del partido que defienden las mismas calamidades que repudian. Y en la vereda de enfrente pasa exactamente lo mismo… ¡Por Dios! ¡Tanto y tanto que critican la Ley de Medios los opositores al Gobierno por considerarla monopólica o lo que sea, por qué demonios nunca fueron capaces de ver que acaso Clarín constituía precisamente el mismo monopolio que ahora defenestran!
Decía el General Perón que en política lo que importa es sumar, y no restar. La carencia de autocrítica es la primera causa que nos desacredita a la hora de ser críticos, en el momento de formular una identidad verdadera, esencial para sumar voluntades a nuestras filas. ¿A quién queremos sumar cuando marchamos sentidamente en memoria del 24 de Marzo con pancartas que evocan esa otra dictadura que es Cuba, o cualquier otro ideario “revolucionario” responsable también de haber vertido sangre inocente? (Puede que sea más grave que sea el Estado el que mate, obviamente… pero en la práctica, matar es matar, sea quien fuere el que lo haga). ¿A quién queremos sumar cuando vertimos incendiarios discursos en contra de los oligarcas que se enriquecieron terriblemente en los últimos años cuando los mismos Kirchner multiplicaron por siete el capital propio? ¿A quién queremos sumar cuando llamamos a los chacareros por el anatema de “destituyentes” cuando nuestra propia Presidenta destituyó a Redrado por hacer su trabajo? ¿A quién queremos sumar cuando aceptamos que el Gobierno pague millones y millones de dólares en concepto de deuda externa sin antes revisar la cuestionada legitimidad de la misma? ¿A quién queremos sumar cuando criticamos a Menem por los espurios negociados de los 90 y hacemos la vista gorda a escándalos como Skanska, las valijas de Antonini, los lotes de la Patagonia? ¿A quién queremos sumar cuando decimos que somos de izquierda porque queremos un cambio cuando en realidad nos abocamos tozudamente a conservar este deleznable orden de cosas? ¿A quién queremos sumar cuando defenestramos a Mauricio Macri por ser hijo de Macri cuando en realidad Franco Macri sigue abrigando su reputación por el calor oficialista? ¿A quién queremos sumar cuando lloramos por los derechos humanos mientras que por otro lado somos tolerantes con figuras como D’Elía, quien debiera ir preso por encubrir a los responsables de los ataques terroristas de las entidades judías en nuestro país? ¡Ayyy… puedo seguir hasta quedarme petiso!
Es que, como decíamos antes, el mundo para nosotros sólo está dividido en dos: nosotros, y ellos. Y lo que hacemos nosotros está bien por más que sea lo mismo que hacen ellos, que está mal. Esto es absurdo. Por más democracia de la que se hable, un mundo solamente de dos colores no es democracia; si bajo esta consigna educamos a nuestros hijos, formamos agrupaciones políticas, votamos o no votamos… seamos sinceros con nosotros mismos, pero no sólo que no estamos haciendo democracia, sino acaso estamos siendo igual o más de brutales que aquella tribu morena que dio origen a este artículo. Inventamos enemigos, a los cuales les atribuimos características que a nuestro juicio son aquéllas que describen a un malvado, cuando en realidad lo que estamos haciendo (psicología básica) es endilgarle a otro la voz de los fantasmitas que hablan dentro nuestro.
Se impone revisar qué es aquello a lo que estamos abocados. ¿Se lo merece? ¿Se pueden corregir ciertos errores? ¿Vale la pena quemarse por una causa ya requetecontra quemada? Se impone abrir la cabeza, asumir que las derechas y las izquierdas son un cuento para idiotas útiles, que no todo el que piensa distinto a nosotros lo es completamente, que tenemos urgencias comunes por atender, que vivimos del mismo país y que, fundamentalmente (aunque no parezca admisible lo que voy a decir), entre nosotros tenemos muchas más cosas para coincidir que para disentir. ¡Por Dios…! Así como somos tan sensibles ante hechos deleznables, debemos asumir que es también un crimen de lesa humanidad faltarnos el respeto a nosotros mismos en el momento en que marchamos por la vida convencidos de que sólo hay dos horizontes, la derecha o la izquierda, lo cual es equiparable a pensar que entre tantos colores que existen, sólo reconocemos dos. Dejemos de lado las etiquetaciones, los insultos, los dramatismos y los victimismos… SEAMOS CREÍBLES, ante todo. Tengamos autocrítica. La vida es diversidad. El futuro está en colores; atrás dejemos esas viejas fotos en blanco y negro del pasado.
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